História y Leyenda.
Mártir en la persecución general de Diocleciano, a principios del siglo IV. Había nacido hacia el año 280, en Oriente, siendo su patria Siria, según unos, y Capadocia, según otros. Sus padres eran cristianos, probablemente naturales de Palestina.
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Ya a partir de la misma época de su martirio, fueron tan numerosos los relatos sobre San Jorge, que necesariamente ocurrió lo que suele ocurrir cuando son muchos, y de distintos países, los autores de una narración determinada. Unos por carecer de datos precisos, otros por descuido o ligereza, otros por una devoción mal entendida, cambian o añaden pormenores y episodios, en perjuicio de la primitiva y verídica historia. Así ha sucedido con San Jorge. Claro está que semejante abundancia de narraciones, más o menos divergentes, son la mejor demostración de la popularidad del Santo y de la general veneración que todos los pueblos le han profesado. Diremos lo que puede ser considerado como cierto, por proceder de las fuentes más autorizadas, prescindiendo de todo aquello que más bien tiene carácter legendario.
Había recibido Jorge una educación cristiana, al par que una instrucción muy esmerada, en consonancia con su familia, que era rica y poderosa. Siguió, como su padre, la carrera militar; y, por su comportamiento, su ingenio y modales, no tardó en granjearse el aprecio en el ejército romano, donde servía, siendo nombrado capitán de la guardia del palacio que el emperador Diocleciano poseía en la ciudad de Nicomedia.
Eran numerosos los oficiales cristianos, especialmente en el ejército de Oriente. Al decretar Diocleciano la famosa persecución que había de ensangrentar todas las tierras del Imperio, fueron muchos, entre ellos, los que abandonaron la milicia. Otros prefirieron continuar en el ejército, profesando ocultamente la religión verdadera, dispuestos a sufrir el martirio, si algún día eran descubiertos.
El edicto persecutorio, promulgado en Nicomedia, ordenaba derribar todos los templos cristianos (habíanse construido algunos, sobre todo en Oriente, en el intervalo de paz que precedió a esta persecución) y privar a todos los fieles al cristianismo, de cualquier dignidad o cargo público.
No contenía el decreto otra medida de mayor violencia. Pero la persecución fue arreciando poco a poco.
Dos veces se produjo un incendio en el palacio imperial, y Galerio César, adjunto de Diocleciano y gobernador de gran parte de aquellas regiones, acusó del incendio a los cristianos, tomando contra ellos las más duras represalias. Pronto salió un nuevo decreto ordenando que todos los fieles adorasen a los ídolos del paganismo.
Jorge, sintiéndose con bríos, creyóse en el deber de defender públicamente su Religión contra tamaña tiranía.
A la sazón se hallaba Diocleciano en Nicomedia, junto con la emperatriz Alejandra.
Lo primero que hizo Jorge fue distribuir todo su dinero a los pobres. Despidió a sus criados y se dispuso al martirio, muy animoso.
Presentóse al emperador, declarando que era cristiano y protestando, con gran sabiduría y elocuentes razonamientos, contra los decretos persecutorios.
Diocleciano le contestó: "Joven capitán, reflexionadlo bien y pensad en vuestro porvenir". 
Y para estimularle a la adoración de los falsos dioses, le prometió grandes distinciones y dignidades, amenazándole, a la vez, con durísimas penas si no se decidía a ejecutar sus mandatos.
Jorge replicó que eran inútiles aquellas promesas y amenazas. Indignado Diocleciano ante tan inesperada respuesta, mandó encerrarle en una tenebrosa cárcel.
Comenzaron enseguida los tormentos del Mártir: azotes, garfios de hierro que le arrancaban la carne, baños de cal viva, introducción en un tonel lleno de agudos clavos. Pero el esforzado capitán lo sufrió todo sin exhalar una sola queja, con sobrenatural entereza, contemplando con admiración cómo se curaban milagrosamente sus llagas...
El juez encargado del proceso de Jorge ordenó que le propinaran una pócima venenosa, la cual no le causó daño alguno. Creyendo entonces que todos aquellos prodigios eran debidos a un desconocido y maravilloso arte mágico, le invitó a que resucitase a un muerto, para probar el poder de Dios.
Jorge fue conducido ante un sepulcro, invocó allí el nombre del Señor, y salió inmediatamente el difunto que en el mismo estaba enterrado.
Tan grandes milagros no consiguieron vencer la obstinación pagana. Diocleciano intentó una vez más convencer a Jorge, prometiéndole los honores más encumbrados si sacrificaba a los dioses del Estado.
"¿A qué dioses? -preguntó Jorge-. Vamos a verlos". Y pidió que le acompañasen a un templo próximo.
Habiendo entrado en él, increpó a uno de los ídolos, intimándole a que proclamase la existencia de un solo Dios. La estatua respondió con una señal afirmativa, con gran asombro de todos los presentes. Entonces hizo Jorge la señal de la Cruz, y los ídolos cayeron de sus pedestales.
Este estupendo suceso ocasionó la conversión de muchos gentiles y la de la misma emperatriz Alejandra.
Diocleciano, en un acceso de furor, la hizo decapitar, juntamente con tres de sus pajes, llamados Apolino, Isaac y Crótalo, cuya fiesta se celebra en muchas partes de Oriente, el día 21 de abril.
Renunció el emperador a nuevas tentativas; y persuadido de que era invencible la fe de Jorge, pronunció la sentencia final. El Santo fue atado a la cola de un brioso caballo y arrastrado así por las calles de la ciudad. Después fue bárbaramente decapitado, en las afueras. Su cuerpo fue trasladado más tarde a Lydda, población de Tierra Santa, tal como él mismo, según parece, había dispuesto.
El culto a San Jorge se extendió pronto por todo el Oriente, y fueron numerosas las peregrinaciones a su sepulcro. A ellas se debe principalmente la veneración que también en el Occidente se le profesa. Todos los peregrinos que iban de aquí a Palestina, visitaban la tumba del Santo, que estaba en una magnífica basílica, construida probablemente por Constantino, el primer emperador cristiano, muy entrado ya el siglo IV.
Muchas otras iglesias han sido dedicadas a San Jorge, en diversos lugares de la cristiandad. Constantinopla tenía antiguamente cinco o seis. Diversos monasterios orientales reconocían por Patrón a San Jorge.
A fines del siglo VII, el Papa León II dedicó en Roma un templo a los mártires San Jorge y San Sebastián, capitanes uno y otro de la guardia imperial.
Un siglo más tarde era transportada a Roma la cabeza de San Jorge y desde entonces creció notablemente su culto en la Ciudad Eterna y difundióse pronto por Francia, por España y otros países vecinos.
Son muchos los reinos y naciones que tienen a San Jorge por Patrón, por haberles auxiliado en sus luchas contra los sarracenos u otros enemigos.
Durante la Edad Media le invocaban todos los guerreros en los momentos de mayor peligro. Inglaterra, Lituania, Suecia, Rusia, Génova y otros estados se han honrado con su dicho patrocinio.
Los reinos de la gloriosa Corona de Aragón le veneraron siempre con gran entusiasmo. Valencia, Cataluña y Aragón le dedican todavía solemnes festejos, y es singularmente famosa la tradicional feria de las rosas con que celebra su día todos los años Barcelona la Ciudad de los Condes.
Son esas devociones nacionales y locales las que, a través de los siglos, han creado en torno de la figura del Santo hermosas leyendas, celosamente transmitidas hasta nuestros días. |