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Sed

A veces, ni el algua mas fresca calma la sed.


Hacia mucho tiempo que pasaba sed. También hace mucho que no duerme toda la noche. Desde que tuvo el accidente de tráfico ve luces que sin cesar se cruzan. Pisa el freno a fondo, y la luz desaparece, y entonces solo la noche venda sus heridas. Un punto luminoso parpadea en el horizonte. Inmóvil, quizás alguien venga y le quite la gasa negra que cubre su noche. Las horas pasan, los años pasan, una eternidad pasa y la sed le atormenta; y el punto sigue parpadeando, estático, luminoso y eterno.

Esta noche también pasará sed. Bebe las botellas de agua de un trago. El médico, antes de darle el alta, le advirtió que esto podría pasarle. También la policía le advirtió que se había salido de la carretera. Ninguno de ellos vieron las luces, y ninguno de ellos tenían esta sed intensa, amarga y que lo despellejaba desde adentro.

Los sicólogos le dijeron que en estos procesos de recuperación de un traumatismo, siempre hay un antes y un después. Aceptar lo ocurrido y renacer para continuar, le recetaron. El se acordaba de su antes. Lo odiaba, sin embargo el dulce almíbar de su pasado lo reintegraba a la normalidad. Pero ahí estaba esa odiosa y ya irritante sed para recordarle todas las noches ese puntito luminoso: su después.

Los médicos, tras un laborioso diagnóstico, le daban suero intravenoso. Todos los días. Algo le calmaba su sed, tan solo un instante aplacaba su ansia de beberse todo el agua del mundo. Con el tiempo tampoco el suero le satisfacía. Los doctores lo desahuciaron porque su patología apuntaba a un proceso neuro-sicológico. Lo mandaron al siquiatra y éste al curandero.

Desde que las luces cruzan una y otra noche su sueño, no había tenido vida social. Un día casi se casa, pero en su situación no era posible. Sus amigos rara vez le soportaban, el trabajo era tedioso y un estorbo. Estuvo apunto de dejarlo. Tanto era así que su jefe se apiadó de la situación en la que se estaba enrollando su vida, y lo llevó a pescar. Una noche lejos de todos, al monte. La idea le aterrorizaba: allí estaría a solas con la noche, con la lucecita parpadeante.

En la orilla del lago, delante de toda esa agua. Podría bebérsela de un trago, sino mejor, sería el lago quien se lo bebiese a él.

Pasaron toda la jornada hablando de todo y de nada, hasta que oscureció: del amor imposible; del destino que cada cual se hace; del atlético . . ; de los hijos que ocupan toda la vida y no dejan nada; . . . de Dios: muy poco conocía de Dios. De esa sed que le impulsaba a introducirse en el lago para siempre.

Entonces su jefe, un hombre alto y corpulento, lo agarró desde atrás por los hombros y lo condujo al agua. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir, y lo deseaba. Bajo el agua quería gritar, que los pulmones se llenaran de agua, que su corazón se inundara, que su alma se saciara. Antes de que todo sucediera abrió los ojos y el punto luminoso se apagó, sin más. La misma fuerza que lo obligaba a sumergirse en el agua tiró de él hacia una noche limpia y estrellada. Perplejo y confundido, cara a cara con aquel hombre que le decía : ” . . . y del Espíritu Santo. Amén ”.

Aquella noche durmió hasta el amanecer.

F. Carvajal

 
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