Una noche tuve un sueño. Soñé que estaba caminando en la playa con el Señor y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: una era mía, la otra del Señor.
Cuando la última escena de mi vida pasó delante nuestro, miré hacia atrás, hacia las pisadas de la arena, y noté que muchas veces en el camino de mi vida había solo un par de pisadas en la arena.
Noté, también, que eso sucedió en los momentos más difíciles y angustiosos de mi vivir. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor: "Señor. Tu me dijiste que cuando resolví seguirte, Tu andarías siempre conmigo todo el camino, pero noté que durante los peores momentos de mi vivir había en la arena de los caminos de la vida sólo un par de pisadas.
No comprendo porque Tú me dejaste en las horas que yo más te necesitaba."
El Señor me respondió:
"Mi querido hijo. Yo te amo y jamás te dejaría en los momentos de tu sufrimiento. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde yo te cargué en mis brazos." Parece bastante más fácil no creer que creer. Puede parecer más sencillo, o más cómodo, en el sentido de que quien no cree no se liga a nada. En ese sentido es fácil. Pero vivir sin fe no es fácil, e imposible al sentir el fin. A ojos de muchos, la Iglesia aparece como algo anticuado, cuyos métodos se han ido anquilosando. Algunos ven la fe como una simple coraza que el hombre se fabrica para sentirse mejor consigo mismo. La religión da respuesta a muchas preguntas y miedos que el hombre lleva consigo, y le ayuda a superarlos. En todas las épocas de la humanidad ha existido la tendencia del hombre hacia lo eterno, hacia Dios. Y de la misma manera que el hombre se siente mejor cuando lleva bien sus relaciones humanas, es lógico que sienta lo mismo, y con más intensidad, cuando lleva bien su relación con Dios. |