Fui a hacerme una revisión. Me sentía enferma.
Me recibió Jesús con mucho amor y me atendió sin prisas.
Primero me tomó la temperatura y vio que estaba baja de ternura. El termómetro registró 40" de egoísmo.
Pasamos al electrocardiograma: ¡necesitaba un "bypass"!, pues las venas, bloqueadas por el rencor, no abastecían magnanimidad y perdón a mi corazón.
En traumatología se descubrió una fractura: no podía caminar al lado de mi hermano ni tampoco abrazarlo, porque había tropezado malamente con mi vanidad.
También me encontraron miopía, pues no podía ver más allá de las apariencias, y sordera progresiva ante el sufrimiento del prójimo.
Jesús, sonriente y, comprensivo, me extendió el tratamiento. Me pidió que fuera fiel y perseverante en seguir la receta.
Cada día una inyección fortificante de amor y solidaridad.
Y una copa de humildad.
Tres veces al día un comprimido de paciencia.
Al acostarme, dos cápsulas de conciencia tranquila.
Al levantarme un vaso de agradecimiento.
También me recomendó releer el Evangelio y tomar nota de los remedios naturales que allí se ofrecen.
Por cierto, que la consulta fue gratuita. ¡Gracias, Señor!
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