INTRODUCCIÓN
1. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece
en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras
de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana
el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de
Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de
su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos
ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia
cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que
Dios nos tiene y hemos creído en él».
Hemos creído
en el amor de
Dios: así puede
expresar el cristiano
la opción fundamental
de su
vida. No se comienza
a ser cristiano
por una decisión
ética o una
gran idea, sino
por el encuentro
con un acontecimiento,
con una
Persona, que da
un nuevo horizonte
a la vida y,
con ello, una
orientación decisiva.
En su Evangelio,
Juan había expresado
este
acontecimiento
con las siguientes
palabras: «Tanto
amó Dios al mundo,
que entregó a
su Hijo único, para
que todos los
que creen en él
tengan vida eterna » (cf. 3, 16). La
fe cristiana, poniendo
el amor en el centro, ha asumido lo que era el
núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una
nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente
reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio
que, como bien sabe, compendian el núcleo de
su existencia: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es
solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón,
con toda el alma, con todas las fuerzas» (6, 4-5). Jesús,
haciendo de ambos un único precepto, ha unido este
mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo,
contenido en el Libro del Levítico: «Amarás a tu prójimo
como a ti mismo» (19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y,
puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1
Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un mandamiento », sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a
nuestro encuentro.
En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre
de Dios con la venganza o incluso con la obligación
del odio y la violencia, éste es un
mensaje de gran
actualidad y con
un significado
muy concreto. Por
eso, en mi primera
Encíclica deseo
hablar del amor,
del cual Dios nos
colma, y que nosotros
debemos
comunicar a los
demás. Quedan
así delineadas las
dos grandes partes
de esta Carta, íntimamente relacionadas
entre sí.
La primera tendrá
un carácter más
especulativo ,
puesto que en ella
quisiera precisar —al comienzo de
mi pontificado—
algunos puntos
esenciales sobre
el amor que Dios,
de manera misteriosa
y gratuita,
ofrece al hombre
y, a la vez, la relación
intrínseca de dicho amor con la realidad del amor
humano. La segunda parte tendrá una índole más concreta,
pues tratará de cómo cumplir de manera eclesial el
mandamiento del amor al prójimo. El argumento es sumamente
amplio; sin embargo, el propósito de la Encíclica
no es ofrecer un tratado exhaustivo. Mi deseo es insistir
sobre algunos elementos fundamentales, para suscitar
en el mundo un renovado dinamismo de compromiso
en la respuesta humana al amor divino.
PRIMERA PARTE
LA UNIDAD DEL AMOR EN LA CREACIÓN Y EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Un problema de lenguaje.
2. El amor de Dios por nosotros
es una cuestión fundamental para la
vida y plantea reguntas decisivas sobre
quién es Dios y quiénes somos
nosotros. A este respecto, nos encontramos
de entrada ante un problema
de lenguaje. El término «amor» se ha
convertido hoy en una de las palabras
más utilizadas y también de las que
más se abusa, a la cual damos acepciones
totalmente diferentes. Aunque
el tema de esta Encíclica se concentra
en la cuestión de la comprensión y la
praxis del amor en la Sagrada Escritura
y en la Tradición de la Iglesia, no
podemos hacer caso omiso del significado
que tiene este vocablo en las
diversas culturas y en el lenguaje actual.
En primer lugar, recordemos el
vasto campo semántico de la palabra «amor»: se habla de amor a la patria,
de amor por la profesión o el trabajo,
de amor entre amigos, entre padres e
hijos, entre hermanos y familiares, del
amor al prójimo y del amor a Dios. Sin
embargo, en toda esta multiplicidad
de significados destaca, como arquetipo
por excelencia, el amor entre el
hombre y la mujer, en el cual intervienen
inseparablemente el cuerpo y el
alma, y en el que se le abre al ser humano
una promesa de felicidad que
parece irresistible, en comparación del
cual palidecen, a primera vista, todos
los demás tipos de amor. Se plantea,
entonces, la pregunta: todas estas formas
de amor ¿se unifican al final, de
algún modo, a pesar de la diversidad
de sus manifestaciones, siendo en último
término uno solo, o se trata más
bien de una misma palabra que utilizamos
para indicar realidades totalmente
diferentes?
«Eros» y «agapé»,
diferencia y unidad
3. Los antiguos griegos dieron el
nombre de eros al amor entre hombre
y mujer, que no nace del pensamiento
o la voluntad, sino que en cierto sentido
se impone al ser humano. Digamos
de antemano que el Antiguo Testamento>
griego usa sólo dos veces la
palabra eros, mientras que el Nuevo
Testamento nunca la emplea: de los
tres términos griegos relativos al amor
—eros, philia (amor de amistad) y agapé—,
los escritos neotestamentarios
prefieren este último, que en el lenguaje
griego estaba dejado de lado. El
amor de amistad (philia), a su vez, es
aceptado y profundizado en el Evangelio
de Juan para expresar la relación
entre Jesús y sus discípulos. Este relegar
la palabra eros, junto con la nueva
concepción del amor que se expresa
con la palabra agapé, denota sin duda
algo esencial en la novedad del cristianismo,
precisamente en su modo de
entender el amor. En la crítica al cristianismo
que se ha desarrollado con
creciente radicalismo a partir de la
Ilustración, esta novedad ha sido valorada
de modo absolutamente negativo.
El cristianismo, según Friedrich
Nietzsche, habría dado de beber al
eros un veneno, el cual, aunque no le
llevó a la muerte, le hizo degenerar en
vicio1. El filósofo alemán expresó de
este modo una apreciación muy difundida:
la Iglesia, con sus preceptos y
prohibiciones, ¿no convierte acaso en
amargo lo más hermoso de la vida?
¿No pone quizás carteles de prohibición
precisamente allí donde la alegría,
predispuesta en nosotros por el Creador,
nos ofrece una felicidad que nos
hace pregustar algo de lo divino?
4. Pero, ¿es realmente así? El cristianismo,
¿ha destruido verdaderamente
el eros? Recordemos el mundo
precristiano. Los griegos —sin duda
análogamente a otras culturas— consideraban
el eros ante todo como un
arrebato, una «locura divina» que prevalece
sobre la razón, que arranca al
hombre de la limitación de su existencia
y, en este quedar estremecido por
una potencia divina, le hace experimentar
la dicha más alta. De este modo,
todas las demás potencias entre
cielo y tierra parecen de segunda importancia:
«Omnia vincit amor», dice
Virgilio en las Bucólicas —el amor todo
lo vence—, y añade: «et nos cedamus
amori», rindámonos también nosotros
al amor2. En el campo de las religiones,
esta actitud se ha plasmado en
los cultos de la fertilidad, entre los que
se encuentra la prostitución «sagrada»
que se daba en muchos templos. El
eros se celebraba, pues, como fuerza
divina, como comunión con la divinidad.
A esta forma de religión que, como
una fuerte tentación, contrasta con la
fe en el único Dios, el Antiguo Testamento
se opuso con máxima firmeza,
combatiéndola como perversión de la
religiosidad. No obstante, en modo alguno
rechazó con ello el eros como
tal, sino que declaró guerra a su desviación
destructora, puesto que la falsa
divinización del eros que se produce
en esos casos lo priva de su dignidad
divina y lo deshumaniza. En efecto,
las prostitutas que en el templo
debían proporcionar el arrobamiento
de lo divino, no son tratadas como seres
humanos y personas, sino que sirven
sólo como instrumentos para suscitar
la «locura divina»: en realidad, no
son diosas, sino personas humanas
de las que se abusa. Por eso, el eros
ebrio e indisciplinado no es elevación,
«éxtasis» hacia lo divino, sino caída,
degradación del hombre. Resulta así
evidente que el eros necesita disciplina
y purificación para dar al hombre, no
el placer de un instante, sino un modo
de hacerle pregustar en cierta manera
lo más alto de su existencia, esa felicidad
a la que tiende todo nuestro ser.
5. En estas rápidas consideraciones
sobre el concepto de eros en la
historia y en la actualidad sobresalen
claramente dos aspectos. Ante todo,
que entre el amor y lo divino existe
una cierta relación: el amor promete
infinidad, eternidad, una realidad más
grande y completamente distinta de
nuestra existencia cotidiana. Pero, al
mismo tiempo, se constata que el camino
para lograr esta meta no consiste
simplemente en dejarse dominar
por el instinto. Hace falta una purificación
y maduración, que incluyen también
la renuncia. Esto no es rechazar
el eros ni «envenenarlo», sino sanearlo
para que alcance su verdadera grandeza.
Esto depende ante todo de la
constitución del ser humano, que está
compuesto de cuerpo y alma. El hombre
es realmente él mismo cuando
cuerpo y alma forman una unidad íntima;
el desafío del eros puede considerarse
superado cuando se logra esta
unificación. Si el hombre pretendiera
ser sólo espíritu y quisiera rechazar
la carne como si fuera una herencia
meramente animal, espíritu y cuerpo
perderían su dignidad. Si, por el contrario,
repudia el espíritu y por tanto
considera la materia, el cuerpo, como
una realidad exclusiva, malogra igualmente
su grandeza. El epicúreo Gassendi,
bromeando, se dirigió a Descartes
con el saludo: «¡Oh Alma!». Y Descartes
replicó: «¡Oh Carne!»3. Pero ni la
carne ni el espíritu aman: es el hombre,
la persona, la que ama como criatura
unitaria, de la cual forman parte el
cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos
se funden verdaderamente en una
unidad, el hombre es plenamente él
mismo. Únicamente de este modo el
amor —el eros— puede madurar hasta
su verdadera grandeza.
Hoy se reprocha a veces al cristianismo
del pasado haber sido adversario
de la corporeidad y, de hecho,
siempre se han dado tendencias de
este tipo. Pero el modo de exaltar el
cuerpo que hoy constatamos resulta
engañoso. El eros, degradado a puro
«sexo», se convierte en mercancía, en
simple «objeto» que se puede comprar
y vender; más aún, el hombre mismo
se transforma en mercancía. En realidad,
éste no es propiamente el gran sí
del hombre a su cuerpo. Por el contrario,
de este modo considera el cuerpo
y la sexualidad solamente como la
parte material de su ser, para emplearla
y explotarla de modo calculador.
Una parte, además, que no aprecia como
ámbito de su libertad, sino como
algo que, a su manera, intenta convertir
en agradable e inocuo a la vez. En
realidad, nos encontramos ante una
degradación del cuerpo humano, que
ya no está integrado en el conjunto de
la libertad de nuestra existencia, ni es
expresión viva de la totalidad de nuestro
ser, sino que es relegado a lo puramente
biológico. La aparente exaltación
del cuerpo puede convertirse
muy pronto en odio a la corporeidad.
La fe cristiana, por el contrario, ha
considerado siempre al hombre como
uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu
y materia se compenetran recíprocamente,
adquiriendo ambos, precisamente
así, una nueva nobleza. Ciertamente,
el eros quiere remontarnos «en
éxtasis» hacia lo divino, llevarnos más
allá de nosotros mismos, pero precisamente
por eso necesita seguir un
camino de ascesis, renuncia, purificación
y recuperación.
6. ¿Cómo hemos de describir concretamente
este camino de elevación y
purificación? ¿Cómo se debe vivir el
amor para que se realice plenamente
su promesa humana y divina? Una
primera indicación importante podemos
encontrarla en uno de los libros
del Antiguo Testamento bien conocido
por los místicos, el Cantar de los
Cantares. Según la interpretación hoy
predominante, las poesías contenidas
en este libro son originariamente cantos
de amor, escritos quizás para una
fiesta nupcial israelita, en la que se debía
exaltar el amor conyugal. En este
contexto, es muy instructivo que a lo
largo del libro se encuentren dos términos
diferentes para indicar el
«amor». Primero, la palabra «dodim»,
un plural que expresa el amor todavía
inseguro, en un estadio de búsqueda
indeterminada. Esta palabra es reemplazada
después por el término «ahabá », que la traducción griega del Antiguo
Testamento denomina, con un
vocablo de fonética similar, «agapé», el
cual, como hemos visto, se convirtió
en la expresión característica para la
concepción bíblica del amor. En oposición
al amor indeterminado y aún en
búsqueda, este vocablo expresa la experiencia
del amor que ahora ha llegado
a ser verdaderamente descubrimiento
del otro, superando el carácter
egoísta que predominaba claramente
en la fase anterior. Ahora el amor es
ocuparse del otro y preocuparse por
el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse
en la embriaguez de la felicidad,
sino que ansía más bien el bien del
amado: se convierte en renuncia, está
dispuesto al sacrificio, más aún, lo
busca.
El desarrollo del amor hacia sus
más altas cotas y su más íntima pureza
conlleva el que ahora aspire a lo
definitivo, y esto en un doble sentido:
en cuanto implica exclusividad —sólo
esta persona—, y en el sentido del «para
siempre». El amor engloba la existencia
entera y en todas sus dimensiones,
incluido también el tiempo. No
podría ser de otra manera, puesto que
su promesa apunta a lo definitivo: el
amor tiende a la eternidad. Ciertamente,
el amor es «éxtasis», pero no en el
sentido de arrebato momentáneo, sino
como camino permanente, como
un salir del yo cerrado en sí mismo
hacia su liberación en la entrega de sí
y, precisamente de este modo, hacia el
reencuentro consigo mismo, más aún,
hacia el descubrimiento de Dios: «El
que pretenda guardarse su vida, la
perderá; y el que la pierda, la recobrará » (Lc 17, 33), dice Jesús en una sentencia
suya que, con algunas variantes,
se repite en los Evangelios (cf. Mt 10,
39; 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12,
25). Con estas palabras, Jesús describe
su propio itinerario, que a través de la
cruz lo lleva a la resurrección: el camino
del grano de trigo que cae en tierra
y muere, dando así fruto abundante.
Describe también, partiendo de su sacrificio
personal y del amor que en éste
llega a su plenitud, la esencia del
amor y de la existencia humana en general.
7. Nuestras reflexiones sobre la
esencia del amor, inicialmente bastante
filosóficas, nos han llevado por su
propio dinamismo hasta la fe bíblica.
Al comienzo se ha planteado la cuestión
de si, bajo los significados de la
palabra amor, diferentes e incluso
opuestos, subyace alguna unidad profunda
o, por el contrario, han de permanecer
separados, uno paralelo al
otro. Pero, sobre todo, ha surgido la
cuestión de si el mensaje sobre el
amor que nos han transmitido la Biblia
y la Tradición de la Iglesia tiene algo
que ver con la común experiencia
humana del amor, o más bien se opone
a ella. A este propósito, nos hemos
encontrado con las dos palabras fundamentales:
eros como término para el
amor «mundano» y agapé como denominación
del amor fundado en la fe y
plasmado por ella. Con frecuencia,
ambas se contraponen, una como
amor «ascendente», y como amor
«descendente» la otra. Hay otras clasificaciones
afines, como por ejemplo, la
distinción entre amor posesivo y amor
oblativo (amor concupiscentiae – amor
benevolentiae), al que a veces se añade
también el amor que tiende al propio
provecho.
A menudo, en el debate filosófico y
teológico, estas distinciones se han radicalizado
hasta el punto de contraponerse
entre sí: lo típicamente cristiano
sería el amor descendente, oblativo, el
agapé precisamente; la cultura no cristiana,
por el contrario, sobre todo la
griega, se caracterizaría por el amor
ascendente, vehemente y posesivo, es
decir, el eros. Si se llevara al extremo
este antagonismo, la esencia del cristianismo
quedaría desvinculada de las
relaciones vitales fundamentales de la
existencia humana y constituiría un
mundo del todo singular, que tal vez
podría considerarse admirable, pero
netamente apartado del conjunto de la
vida humana. En realidad, eros y agapé
—amor ascendente y amor descendente—
nunca llegan a separarse completamente.
Cuanto más encuentran ambos,
aunque en diversa medida, la justa
unidad en la única realidad del
amor, tanto mejor se realiza la verdadera
esencia del amor en general. Si
bien el eros inicialmente es sobre todo
vehemente, ascendente —fascinación
por la gran promesa de felicidad—, al
aproximarse la persona al otro se
planteará cada vez menos cuestiones
sobre sí misma, para buscar cada vez
más la felicidad del otro, se preocupará
de él, se entregará y deseará «ser para»
el otro. Así, el momento del agapé se
inserta en el eros inicial; de otro modo,
se desvirtúa y pierde también su propia
naturaleza. Por otro lado, el hombre
tampoco puede vivir exclusivamente
del amor oblativo, descendente. No
puede dar únicamente y siempre, también
debe recibir. Quien quiere dar
amor, debe a su vez recibirlo como
don. Es cierto —como nos dice el Señor—
que el hombre puede convertirse
en fuente de la que manan ríos de
agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante,
para llegar a ser una fuente así, él mismo
ha de beber siempre de nuevo de
la primera y originaria fuente que es
Jesucristo, de cuyo corazón traspasado
brota el amor de Dios (cf. Jn 19, 34).
En la narración de la escalera de
Jacob, los Padres han visto simbolizada
de varias maneras esta relación inseparable
entre ascenso y descenso,
entre el eros que busca a Dios y el
agapé que transmite el don recibido.
En este texto bíblico se relata cómo el
patriarca Jacob, en sueños, vio una
escalera apoyada en la piedra que le
servía de cabezal, que llegaba hasta el
cielo y por la cual subían y bajaban
los ángeles de Dios (cf. Gn 28, 12; Jn 1,
51). Impresiona particularmente la interpretación
que da el Papa Gregorio
Magno de esta visión en su Regla pastoral.
El pastor bueno, dice, debe estar
anclado en la contemplación. En efecto,
sólo de este modo le será posible
captar las necesidades de los demás
en lo más profundo de su ser, para
hacerlas suyas: «per pietatis viscera in
se infirmitatem caeterorum transferat»4.
En este contexto, san Gregorio menciona
a san Pablo, que fue arrebatado
hasta el tercer cielo, hasta los más
grandes misterios de Dios y, precisamente
por eso, al descender, es capaz
de hacerse todo para todos (cf. 2 Co
12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el
ejemplo de Moisés, que entra y sale
del tabernáculo, en diálogo con Dios,
para poder de este modo, partiendo
de Él, estar a disposición de su pueblo.
«Dentro [del tabernáculo] se extasía en
la contemplación, fuera [del tabernáculo]
se ve apremiado por los asuntos
de los afligidos: intus in contemplationem
rapitur, foris infirmantium negotiis
urgetur»5.
8. Hemos encontrado, pues, una
primera respuesta, todavía más bien
genérica, a las dos preguntas formuladas
antes: en el fondo, el «amor» es
una única realidad, si bien con diversas
dimensiones; según los casos, una
u otra puede destacar más. Pero cuando
las dos dimensiones se separan
completamente una de otra, se produce
una caricatura o, en todo caso, una
forma mermada del amor. También
hemos visto sintéticamente que la fe
bíblica no construye un mundo paralelo
o contrapuesto al fenómeno humano
originario del amor, sino que
asume a todo el hombre, interviniendo
en su búsqueda de amor para purificarla,
abriéndole al mismo tiempo
nuevas dimensiones. Esta novedad de
la fe bíblica se manifiesta sobre todo
en dos puntos que merecen ser subrayados:
la imagen de Dios y la imagen
del hombre.
La novedad de la fe bíblica
9. Ante todo, está la nueva imagen
de Dios. En las culturas que circundan
el mundo de la Biblia, la imagen de
dios y de los dioses, al fin y al cabo,
queda poco clara y es contradictoria
en sí misma. En el camino de la fe bíblica,
por el contrario, resulta cada vez
más claro y unívoco lo que se resume
en las palabras de la oración fundamental
de Israel, la Shema: «Escucha,
Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente
uno» (Dt 6, 4). Existe un solo
Dios, que es el Creador del cielo y de
la tierra y, por tanto, también es el
Dios de todos los hombres. En esta
puntualización hay dos elementos singulares:
que realmente todos los otros
dioses no son Dios y que toda la realidad
en la que vivimos se remite a
Dios, es creación suya. Ciertamente, la
idea de una creación existe también en
otros lugares, pero sólo aquí queda
absolutamente claro que no se trata
de un dios cualquiera, sino que el único
Dios verdadero, Él mismo, es el autor
de toda la realidad; ésta proviene
del poder de su Palabra creadora. Lo
cual significa que estima a esta criatura,
precisamente porque ha sido Él
quien la ha querido, quien la ha «hecho
». Y así se pone de manifiesto el
segundo elemento importante: este
Dios ama al hombre. La potencia divina
a la cual Aristóteles, en la cumbre
de la filosofía griega, trató de llegar a
través de la reflexión, es ciertamente
objeto de deseo y amor por parte de
todo ser —como realidad amada, esta
divinidad mueve el mundo6—, pero ella
misma no necesita nada y no ama, sólo
es amada. El Dios único en el que
cree Israel, sin embargo, ama personalmente.
Su amor, además, es un
amor de predilección: entre todos los
pueblos, Él escoge a Israel y lo ama,
aunque con el objeto de salvar precisamente
de este modo a toda la humanidad.
Él ama, y este amor suyo
puede ser calificado sin duda como
eros que, no obstante, es también totalmente
agapé7.
Los profetas Oseas y Ezequiel, sobre
todo, han descrito esta pasión de
Dios por su pueblo con imágenes eróticas
audaces. La relación de Dios con
Israel es ilustrada con la metáfora del
noviazgo y del matrimonio; por consiguiente,
la idolatría es adulterio y
prostitución. Con eso se alude concretamente
—como hemos visto— a los ritos
de la fertilidad con su abuso del
eros, pero al mismo tiempo se describe
la relación de fidelidad entre Israel
y su Dios. La historia de amor de Dios
con Israel consiste, en el fondo, en
que Él le da la Torah, es decir, abre los
ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza
del hombre y le indica el camino
del verdadero humanismo. Esta
historia consiste en que el hombre, viviendo
en fidelidad al único Dios, se
experimenta a sí mismo como quien
es amado por Dios y descubre la alegría
en la verdad y en la justicia; la alegría
en Dios que se convierte en su felicidad
esencial: «¿No te tengo a ti en el
cielo?; y contigo, ¿qué me importa la
tierra?... Para mí lo bueno es estar junto
a Dios» (Sal 73 [72], 25. 28).
10. El eros de Dios para con el
hombre, como hemos dicho, es a la
vez agapé. No sólo porque se da del
todo gratuitamente, sin ningún mérito
anterior, sino también porque es amor
que perdona. Oseas, de modo particular,
nos muestra la dimensión del agapé
en el amor de Dios por el hombre,
que va mucho más allá de la gratuidad.
Israel ha cometido «adulterio», ha
roto la Alianza; Dios debería juzgarlo
y repudiarlo. Pero precisamente en esto
se revela que Dios es Dios y no
hombre: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím,
cómo entregarte, Israel?... Se me revuelve
el corazón, se me conmueven
las entrañas. No cederé al ardor de mi
cólera, no volveré a destruir a Efraím;
que yo soy Dios y no hombre, santo
en medio de ti» (Os 11, 8-9). El amor
apasionado de Dios por su pueblo,
por el hombre, es a la vez un amor
que perdona. Un amor tan grande que
pone a Dios contra sí mismo, su amor
contra su justicia. El cristiano ve perfilarse
ya en esto, veladamente, el misterio
de la Cruz: Dios ama tanto al
hombre que, haciéndose hombre él
mismo, lo acompaña incluso en la
muerte y, de este modo, reconcilia la
justicia y el amor.
El aspecto filosófico e histórico-religioso
que se ha de subrayar en esta
visión de la Biblia es que, por un lado,
nos encontramos ante una imagen estrictamente
metafísica de Dios: Dios es
en absoluto la fuente originaria de cada
ser; pero este principio creativo de
todas las cosas —el Logos, la razón
primordial— es al mismo tiempo un
amante con toda la pasión de un verdadero
amor. Así, el eros es sumamente
ennoblecido, pero también tan
purificado que se funde con el agapé.
Por eso podemos comprender que la
recepción del Cantar de los Cantares
en el canon de la Sagrada Escritura se
haya justificado muy pronto, porque
el sentido de sus cantos de amor describen
en el fondo la relación de Dios
con el hombre y del hombre con Dios.
De este modo, tanto en la literatura
cristiana como en la judía, el Cantar de
los Cantares se ha convertido en una
fuente de conocimiento y de experiencia
mística, en la cual se expresa la
esencia de la fe bíblica: se da ciertamente
una unificación del hombre con
Dios —sueño originario del hombre—,
pero esta unificación no es un fundirse
juntos, un hundirse en el océano
anónimo del Divino; es una unidad
que crea amor, en la que ambos —
Dios y el hombre— siguen siendo ellos
mismos y, sin embargo, se convierten
en una sola cosa: «El que se une al Señor,
es un espíritu con él», dice san Pablo
(1 Co 6, 17).
11. La primera novedad de la fe
bíblica, como hemos visto, consiste en
la imagen de Dios; la segunda, relacionada
esencialmente con ella, la encontramos
en la imagen del hombre. La
narración bíblica de la creación habla
de la soledad del primer hombre,
Adán, al cual Dios quiere darle una
ayuda. Ninguna de las otras criaturas
puede ser esa ayuda que el hombre
necesita, por más que él haya dado
nombre a todas las bestias salvajes y a
todos los pájaros, incorporándolos así
a su entorno vital. Entonces Dios, de
una costilla del hombre, forma a la
mujer. Ahora Adán encuentra la ayuda
que precisa: «¡Ésta sí que es hueso de
mis huesos y carne de mi carne!» (Gn
2, 23). En el trasfondo de esta narración
se pueden considerar concepciones
como la que aparece también, por
ejemplo, en el mito relatado por Platón,
según el cual el hombre era originariamente
esférico, porque era completo
en sí mismo y autosuficiente. Pero,
en castigo por su soberbia, fue dividido
en dos por Zeus, de manera
que ahora anhela siempre su otra mitad
y está en camino hacia ella para
recobrar su integridad8. En la narración
bíblica no se habla de castigo;
pero sí aparece la idea de que el hombre
es de algún modo incompleto,
constitutivamente en camino para encontrar
en el otro la parte complementaria
para su integridad, es decir,
la idea de que sólo en la comunión
con el otro sexo puede considerarse
«completo». Así, pues, el pasaje bíblico
concluye con una profecía sobre
Adán: «Por eso abandonará el hombre
a su padre y a su madre, se unirá a su
mujer y serán los dos una sola carne»
(Gn 2, 24).
En esta profecía hay dos aspectos
importantes: el eros está como enraizado
en la naturaleza misma del hombre;
Adán se pone a buscar y «abandona
a su padre y a su madre» para
unirse a su mujer; sólo ambos conjuntamente
representan a la humanidad
completa, se convierten en «una sola
carne». No menor importancia reviste
el segundo aspecto: en una perspectiva
fundada en la creación, el eros
orienta al hombre hacia el matrimonio,
un vínculo marcado por su carácter
único y definitivo; así, y sólo así, se
realiza su destino íntimo. A la imagen
del Dios monoteísta corresponde el
matrimonio monógamo. El matrimonio
basado en un amor exclusivo y
definitivo se convierte en el icono de la
relación de Dios con su pueblo y, viceversa,
el modo de amar de Dios se
convierte en la medida del amor humano.
Esta estrecha relación entre eros
y matrimonio que presenta la Biblia
no tiene prácticamente paralelo alguno
en la literatura fuera de ella.
Jesucristo,
el amor de Dios encarnado
12. Aunque hasta ahora hemos
hablado principalmente del Antiguo
Testamento, ya se ha dejado entrever
la íntima compenetración de los dos
Testamentos como única Escritura de
la fe cristiana. La verdadera originalidad
del Nuevo Testamento no consiste
en nuevas ideas, sino en la figura
misma de Cristo, que da carne y sangre
a los conceptos: un realismo inaudito.
Tampoco en el Antiguo Testamento
la novedad bíblica consiste
simplemente en nociones abstractas,
sino en la actuación imprevisible y, en
cierto sentido inaudita, de Dios. Este
actuar de Dios adquiere ahora su forma
dramática, puesto que, en Jesucristo,
el propio Dios va tras la «oveja
perdida», la humanidad doliente y extraviada.
Cuando Jesús habla en sus
parábolas del pastor que va tras la
oveja descarriada, de la mujer que
busca el dracma, del padre que sale al
encuentro del hijo pródigo y lo abraza,
no se trata sólo de meras palabras,
sino que es la explicación de su propio
ser y actuar. En su muerte en la
cruz se realiza ese ponerse Dios contra
sí mismo, al entregarse para dar
nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es amor en su forma más radical. Poner
la mirada en el costado traspasado
de Cristo, del que habla Juan (cf.
19, 37), ayuda a comprender lo que ha
sido el punto de partida de esta Carta
encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Es
allí, en la cruz, donde puede contemplarse
esta verdad. Y a partir de allí se
debe definir ahora qué es el amor. Y,
desde esa mirada, el cristiano encuentra
la orientación de su vivir y de su
amar.
13. Jesús ha perpetuado este acto
de entrega mediante la institución de
la Eucaristía durante la Última Cena.
Ya en aquella hora, Él anticipa su
muerte y resurrección, dándose a sí
mismo a sus discípulos en el pan y en
el vino, su cuerpo y su sangre como
nuevo maná (cf. Jn 6, 31-33). Si el
mundo antiguo había soñado que, en
el fondo, el verdadero alimento del
hombre —aquello por lo que el hombre
vive— era el Logos, la sabiduría
eterna, ahora este Logos se ha hecho
para nosotros verdadera comida, como
amor. La Eucaristía nos adentra en
el acto oblativo de Jesús. No recibimos
solamente de modo pasivo el Logos
encarnado, sino que nos implicamos
en la dinámica de su entrega. La
imagen de las nupcias entre Dios e Israel
se hace realidad de un modo antes
inconcebible: lo que antes era estar
frente a Dios, se transforma ahora en
unión por la participación en la entrega
de Jesús, en su cuerpo y su sangre.
La «mística» del Sacramento, que se
basa en el abajamiento de Dios hacia
nosotros, tiene otra dimensión de
gran alcance y que lleva mucho más
alto de lo que cualquier elevación mística
del hombre podría alcanzar.
14. Pero ahora se ha de prestar
atención a otro aspecto: la «mística»
del Sacramento tiene un carácter social,
porque en la comunión sacramental
yo quedo unido al Señor como
todos los demás que comulgan:
«El pan es uno, y así nosotros, aunque
somos muchos, formamos un solo
cuerpo, porque comemos todos del
mismo pan», dice san Pablo (1 Co 10,
17). La unión con Cristo es al mismo
tiempo unión con todos los demás a
los que él se entrega. No puedo tener
a Cristo sólo para mí; únicamente
puedo pertenecerle en unión con todos
los que son suyos o lo serán. La
comunión me hace salir de mí mismo
para ir hacia Él, y por tanto, también
hacia la unidad con todos los cristianos.
Nos hacemos «un cuerpo», aunados
en una única existencia. Ahora, el
amor a Dios y al prójimo están realmente
unidos: el Dios encarnado nos
atrae a todos hacia sí. Se entiende,
pues, que el agapé se haya convertido
también en un nombre de la Eucaristía:
en ella el agapé de Dios nos llega
corporalmente para seguir actuando
en nosotros y por nosotros. Sólo a
partir de este fundamento cristológico-
sacramental se puede entender
correctamente la enseñanza de Jesús
sobre el amor. El paso desde la Ley y
los Profetas al doble mandamiento
del amor de Dios y del prójimo, el hacer
derivar de este precepto toda la
existencia de fe, no es simplemente
moral, que podría darse autónomamente,
paralelamente a la fe en Cristo
y a su actualización en el Sacramento:
fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente
como una sola realidad,
que se configura en el encuentro con
el agapé de Dios. Así, la contraposición
usual entre culto y ética simplemente
desaparece. En el «culto» mismo,
en la comunión eucarística, está
incluido a la vez el ser amados y el
amar a los otros. Una Eucaristía que
no comporte un ejercicio práctico del
amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa
—como hemos de considerar
más detalladamente aún—, el «mandamiento
» del amor es posible sólo porque
no es una mera exigencia: el
amor puede ser «mandado» porque
antes es dado.
15. Las grandes parábolas de Jesús
han de entenderse también a partir
de este principio. El rico epulón (cf.
Lc 16, 19-31) suplica desde el lugar de
los condenados que se advierta a sus
hermanos de lo que sucede a quien
ha ignorado frívolamente al pobre necesitado.
Jesús, por decirlo así, acoge
este grito de ayuda y se hace eco de él
para ponernos en guardia, para hacernos
volver al recto camino. La parábola
del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-
37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones
importantes. Mientras el concepto
de «prójimo» hasta entonces se
refería esencialmente a los conciudadanos
y a los extranjeros que se establecían
en la tierra de Israel, y por
tanto a la comunidad compacta de un
país o de un pueblo, ahora este límite
desaparece. Mi prójimo es cualquiera
que tenga necesidad de mí y que yo
pueda ayudar. Se universaliza el concepto
de prójimo, pero permaneciendo
concreto. Aunque se extienda a todos
los hombres, el amor al prójimo
no se reduce a una actitud genérica y
abstracta, poco exigente en sí misma,
sino que requiere mi compromiso
práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene
siempre el deber de interpretar cada
vez esta relación entre lejanía y proximidad,
con vistas a la vida práctica de
sus miembros. En fin, se ha de recordar
de modo particular la gran parábola
del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46),
en el cual el amor se convierte en el
criterio para la decisión definitiva sobre
la valoración positiva o negativa
de una vida humana. Jesús se identifica
con los pobres: los hambrientos y
sedientos, los forasteros, los desnudos,
enfermos o encarcelados. «Cada
vez que lo hicisteis con uno de estos
mis humildes hermanos, conmigo lo
hicisteis» (Mt 25, 40). Amor a Dios y
amor al prójimo se funden entre sí: en
el más humilde encontramos a Jesús
mismo y en Jesús encontramos a
Dios.
Amor a Dios y amor al prójimo
16. Después de haber reflexionado
sobre la esencia del amor y su significado
en la fe bíblica, queda aún
una doble cuestión sobre cómo podemos
vivirlo: ¿Es realmente posible
amar a Dios aunque no se le vea? Y,
por otro lado: ¿Se puede mandar el
amor? En estas preguntas se manifiestan
dos objeciones contra el doble
mandamiento del amor. Nadie ha visto
a Dios jamás, ¿cómo podremos
amarlo? Y además, el amor no se puede
mandar; a fin de cuentas es un
sentimiento que puede tenerse o no,
pero que no puede ser creado por la
voluntad. La Escritura parece respaldar
la primera objeción cuando afirma: «Si
alguno dice: ‘‘amo a Dios’’, y aborrece
a su hermano, es un mentiroso; pues
quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios, a quien no
ve» (1 Jn 4, 20). Pero este texto en modo
alguno excluye el amor a Dios, como
si fuera un imposible; por el contrario,
en todo el contexto de la Primera
carta de Juan apenas citada, el amor
a Dios es exigido explícitamente. Lo
que se subraya es la inseparable
ción entre amor a Dios y amor al prójimo.
Ambos están tan estrechamente
entrelazados, que la afirmación de
amar a Dios es en realidad una mentira
si el hombre se cierra al prójimo o
incluso lo odia. El versículo de Juan se
ha de interpretar más bien en el sentido
de que el amor del prójimo es un
camino para encontrar también a
Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo
nos convierte también en ciegos
ante Dios.
17. En efecto, nadie ha visto a
Dios tal como es en sí mismo. Y, sin
embargo, Dios no es del todo invisible
para nosotros, no ha quedado fuera
de nuestro alcance. Dios nos ha amado
primero, dice la citada Carta de
Juan (cf. 4, 10), y este amor de Dios ha
aparecido entre nosotros, se ha hecho
visible, pues «Dios envió al mundo a
su Hijo único para que vivamos por
medio de él» (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho
visible: en Jesús podemos ver al
Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es
visible de muchas maneras. En la historia
de amor que nos narra la Biblia,
Él sale a nuestro encuentro, trata de
atraernos, llegando hasta la Última
Cena, hasta el Corazón traspasado en
la cruz, hasta las apariciones del Resucitado
y las grandes obras mediante
las que Él, por la acción de los Apóstoles,
ha guiado el caminar de la Iglesia
naciente. El Señor tampoco ha estado
ausente en la historia sucesiva de
la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro
a través de los hombres en
los que Él se refleja; mediante su Palabra,
en los Sacramentos, especialmente
la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia,
en su oración, en la comunidad viva
de los creyentes, experimentamos
el amor de Dios, percibimos su presencia
y, de este modo, aprendemos
también a reconocerla en nuestra vida
cotidiana. Él nos ha amado primero y
sigue amándonos primero; por eso,
nosotros podemos corresponder también
con el amor. Dios no nos impone
un sentimiento que no podamos suscitar
en nosotros mismos. Él nos ama
y nos hace ver y experimentar su
amor, y de este «antes» de Dios puede
nacer también en nosotros el amor
como respuesta.
En el desarrollo de este encuentro
se muestra también claramente que el
amor no es solamente un sentimiento.
Los sentimientos van y vienen.
Pueden ser una maravillosa chispa
inicial, pero no son la totalidad del
amor. Al principio hemos hablado del
proceso de purificación y maduración
mediante el cual el eros llega a ser totalmente
él mismo y se convierte en
amor en el pleno sentido de la palabra.
Es propio de la madurez del
amor que abarque todas las potencialidades
del hombre e incluya, por
así decir, al hombre en su integridad.
El encuentro con las manifestaciones
visibles del amor de Dios puede suscitar
en nosotros el sentimiento de
alegría, que nace de la experiencia de
ser amados. Pero dicho encuentro
implica también nuestra voluntad y
nuestro entendimiento. El reconocimiento
del Dios viviente es una vía
hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad
a la suya abarca entendimiento,
voluntad y sentimiento en el acto
único del amor. No obstante, éste es
un proceso que siempre está en camino:
el amor nunca se da por «concluido
» y completado; se transforma
en el curso de la vida, madura y, precisamente
por ello, permanece fiel a
sí mismo. Idem velle, idem nolle9, querer
lo mismo y rechazar lo mismo, es
lo que los antiguos han reconocido
como el auténtico contenido del
amor: hacerse uno semejante al otro,
que lleva a un pensar y desear común.
La historia de amor entre Dios
y el hombre consiste precisamente en
que esta comunión de voluntad crece
en la comunión del pensamiento y
del sentimiento, de modo que nuestro
querer y la voluntad de Dios coinciden
cada vez más: la voluntad de
Dios ya no es para mí algo extraño
que los mandamientos me imponen
desde fuera, sino que es mi propia
voluntad, habiendo experimentado
que Dios está más dentro de mí que
lo más íntimo mío10. Crece entonces
el abandono en Dios y Dios es nuestra
alegría (cf. Sal 73 [72], 23-28).
18. De este modo se ve que es
posible el amor al prójimo en el sentido
enunciado por la Biblia, por Jesús.
Consiste justamente en que, en Dios y
con Dios, amo también a la persona
que no me agrada o ni siquiera conozco.
Esto sólo puede llevarse a cabo
a partir del encuentro íntimo con Dios,
un encuentro que se ha convertido en
comunión de voluntad, llegando a implicar
el sentimiento. Entonces aprendo
a mirar a esta otra persona no ya
sólo con mis ojos y sentimientos, sino
desde la perspectiva de Jesucristo. Su
amigo es mi amigo. Más allá de la
apariencia exterior del otro descubro
su anhelo interior de un gesto de
amor, de atención, que no le hago llegar
solamente a través de las organizaciones
encargadas de ello, y aceptándolo
tal vez por exigencias políticas.
Al verlo con los ojos de Cristo,
puedo dar al otro mucho más que cosas
externas necesarias: puedo ofrecerle
la mirada de amor que él necesita.
En esto se manifiesta la imprescindible
interacción entre amor a Dios y
amor al prójimo, de la que habla con
tanta insistencia la Primera carta de
Juan. Si en mi vida falta completamente
el contacto con Dios, podré ver
siempre en el prójimo solamente al
otro, sin conseguir reconocer en él la
imagen divina. Por el contrario, si en
mi vida omito del todo la atención al
otro, queriendo ser sólo «piadoso» y
cumplir con mis «deberes religiosos»,
se marchita también la relación con
Dios. Será únicamente una relación
«correcta», pero sin amor. Sólo mi disponibilidad
para ayudar al prójimo,
para manifestarle amor, me hace sensible
también ante Dios. Sólo el servicio
al prójimo abre mis ojos a lo que
Dios hace por mí y a lo mucho que
me ama. Los Santos —pensemos por
ejemplo en la beata Teresa de Calcuta—
han adquirido su capacidad de
amar al prójimo de manera siempre
renovada gracias a su encuentro con
el Señor eucarístico y, viceversa, este
encuentro ha adquirido realismo y
profundidad precisamente en su servicio
a los demás. Amor a Dios y amor
al prójimo son inseparables, son un
único mandamiento. Pero ambos viven
del amor que viene de Dios, que
nos ha amado primero. Así, pues, no
se trata ya de un «mandamiento» externo
que nos impone lo imposible,
sino de una experiencia de amor nacida
desde dentro, un amor que por su
propia naturaleza ha de ser ulteriormente
comunicado a otros. El amor
crece a través del amor. El amor es
«divino» porque proviene de Dios y a
Dios nos une y, mediante este proceso
unificador, nos transforma en un Nosotros,
que supera nuestras divisiones
y nos convierte en una sola cosa, hasta
que al final Dios sea «todo para todos
» (cf. 1 Co 15, 28).
SEGUNDA PARTE
CÁRITAS. EL EJERCICIO DEL AMOR POR PARTE DE LA IGLESIA COMO «COMUNIDAD DE AMOR»
La caridad de la Iglesia como
manifestación del amor trinitario.
19. «Ves la Trinidad si ves el
amor», escribió san Agustín11. En las
reflexiones precedentes hemos podido
fijar nuestra mirada sobre el Traspasado
(cf. Jn 19, 37; Za 12, 10), reconociendo
el designio del Padre que, movido
por el amor (cf. Jn 3, 16), ha enviado
el Hijo unigénito al mundo para
redimir al hombre. Al morir en la cruz
—como narra el evangelista—, Jesús
«entregó el espíritu» (cf. Jn 19, 30), preludio
del don del Espíritu Santo que
otorgaría después de su resurrección
(cf. Jn 20, 22). Se cumpliría así la promesa
de los «torrentes de agua viva»
que, por la efusión del Espíritu, manarían
de las entrañas de los creyentes
(cf. Jn 7, 38-39). En efecto, el Espíritu
es esa potencia interior que armoniza
su corazón con el corazón de Cristo y
los mueve a amar a los hermanos como
Él los ha amado, cuando se ha
puesto a lavar los pies de sus discípulos
(cf. Jn 13, 1-13) y, sobre todo,
cuando ha entregado su vida por todos
(cf. Jn 13, 1; 15, 13).
El Espíritu es también la fuerza que
transforma el corazón de la Comunidad
eclesial para que sea en el mundo
testigo del amor del Padre, que quiere
hacer de la humanidad, en su Hijo,
una sola familia. Toda la actividad de
la Iglesia es una expresión de un amor
que busca el bien integral del ser humano:
busca su evangelización mediante
la Palabra y los Sacramentos,
empresa tantas veces heroica en su
realización histórica; y busca su promoción
en los diversos ámbitos de la
actividad humana. Por tanto, el amor
es el servicio que presta la Iglesia para
atender constantemente los sufrimientos
y las necesidades, incluso materiales,
de los hombres. Es este aspecto,
este servicio de la caridad, al que deseo
referirme en esta parte de la Encíclica.
La caridad como tarea
de la Iglesia
20. El amor al prójimo enraizado
en el amor a Dios es ante todo una tarea
para cada fiel, pero lo es también
para toda la comunidad eclesial, y esto
en todas sus dimensiones: desde la
comunidad local a la Iglesia particular,
hasta abarcar a la Iglesia universal en
su totalidad. También la Iglesia en
cuanto comunidad ha de poner en
práctica el amor. En consecuencia, el
amor necesita también una organización,
como presupuesto para un servicio
comunitario ordenado. La Iglesia
ha sido consciente de que esta tarea
ha tenido una importancia constitutiva
para ella desde sus comienzos: «Los
creyentes vivían todos unidos y lo tenían
todo en común; vendían sus posesiones
y bienes y lo repartían entre
todos, según la necesidad de cada
uno» (Hch 2, 44-45). Lucas nos relata
esto relacionándolo con una especie
de definición de la Iglesia, entre cuyos
elementos constitutivos enumera la
adhesión a la «enseñanza de los
Apóstoles», a la «comunión» (koinonia),
a la «fracción del pan» y a la «oración
» (cf. Hch 2, 42). La «comunión»
(koinonia), mencionada inicialmente
sin especificar, se concreta después en
los versículos antes citados: consiste
precisamente en que los creyentes tienen
todo en común y en que, entre
ellos, ya no hay diferencia entre ricos y
pobres (cf. también Hch 4, 32-37). A
decir verdad, a medida que la Iglesia
se extendía, resultaba imposible mantener
esta forma radical de comunión
material. Pero el núcleo central ha permanecido:
en la comunidad de los
creyentes no debe haber una forma de
pobreza en la que se niegue a alguien
los bienes necesarios para una vida
decorosa.
21. Un paso decisivo en la difícil
búsqueda de soluciones para realizar
este principio eclesial fundamental se
puede ver en la elección de los siete
varones, que fue el principio del ministerio
diaconal (cf. Hch 6, 5-6). En
efecto, en la Iglesia de los primeros
momentos, se había producido una
disparidad en el suministro cotidiano
a las viudas entre la parte de lengua
hebrea y la de lengua griega. Los
Apóstoles, a los que estaba encomendado
sobre todo «la oración» (Eucaristía
y Liturgia) y el «servicio de la Palabra
», se sintieron excesivamente cargados
con el «servicio de la mesa»; decidieron,
pues, reservar para sí su oficio
principal y crear para el otro, también
necesario en la Iglesia, un grupo
de siete personas. Pero este grupo
tampoco debía limitarse a un servicio
meramente técnico de distribución:
debían ser hombres «llenos de Espíritu
y de sabiduría» (cf. Hch 6, 1-6). Lo cual
significa que el servicio social que desempeñaban
era absolutamente concreto,
pero sin duda también espiritual
al mismo tiempo; por tanto, era un
verdadero oficio espiritual el suyo, que
realizaba un cometido esencial de la
Iglesia, precisamente el del amor bien
ordenado al prójimo. Con la formación
de este grupo de los Siete, la
«diaconía» —el servicio del amor al
prójimo ejercido comunitariamente y
de modo orgánico— quedaba ya instaurada
en la estructura fundamental
de la Iglesia misma.
22. Con el paso de los años y la
difusión progresiva de la Iglesia, el
ejercicio de la caridad se confirmó como
uno de sus ámbitos esenciales,
junto con la administración de los Sacramentos
y el anuncio de la Palabra:
practicar el amor hacia las viudas y los
huérfanos, los presos, los enfermos y
los necesitados de todo tipo, pertenece
a su esencia tanto como el servicio
de los Sacramentos y el anuncio del
Evangelio. La Iglesia no puede descuidar
el servicio de la caridad, como no
puede omitir los Sacramentos y la Palabra.
Para demostrarlo, basten algunas
referencias. El mártir Justino († ca.
155), en el contexto de la celebración
dominical de los cristianos, describe
también su actividad caritativa, unida
con la Eucaristía misma. Los que poseen,
según sus posibilidades y cada
uno cuanto quiere, entregan sus
ofrendas al Obispo; éste, con lo recibido,
sustenta a los huérfanos, a las viudas
y a los que se encuentran en necesidad
por enfermedad u otros motivos,
así como también a los presos y
forasteros12. El gran escritor cristiano
Tertuliano († después de 220), cuenta
cómo la solicitud de los cristianos por
los necesitados de cualquier tipo suscitaba
el asombro de los paganos13. Y
cuando Ignacio de Antioquía († ca.
117) llamaba a la Iglesia de Roma como
mo la que «preside en la caridad (agapé)
»14, se puede pensar que con esta
definición quería expresar de algún
modo también la actividad caritativa
concreta.
23. En este contexto, puede ser útil una referencia a las primitivas estructuras
jurídicas del servicio de la
caridad en la Iglesia. Hacia la mitad del
siglo IV, se va formando en Egipto la
llamada «diaconía»; es la estructura
que en cada monasterio tenía la responsabilidad
sobre el conjunto de las
actividades asistenciales, el servicio de
la caridad precisamente. A partir de
esto, se desarrolla en Egipto hasta el
siglo VI una corporación con plena
capacidad jurídica, a la que las autoridades
civiles confían incluso una cantidad
de grano para su distribución
pública. No sólo cada monasterio, sino
también cada diócesis llegó a tener
su diaconía, una institución que se desarrolla
sucesivamente, tanto en
Oriente como en Occidente. El Papa
Gregorio Magno († 604) habla de la
diaconía de Nápoles; por lo que se refiere
a Roma, las diaconías están documentadas
a partir del siglo VII y VIII;
pero, naturalmente, ya antes, desde
los comienzos, la actividad asistencial
a los pobres y necesitados, según los
principios de la vida cristiana expuestos
en los Hechos de los Apóstoles, era
parte esencial en la Iglesia de Roma.
Esta función se manifiesta vigorosamente
en la figura del diácono Lorenzo
(† 258). La descripción dramática
de su martirio fue conocida ya por san
Ambrosio († 397) y, en lo esencial, nos
muestra seguramente la auténtica figura
de este Santo. A él, como responsable
de la asistencia a los pobres
de Roma, tras ser apresados sus compañeros
y el Papa, se le concedió un
cierto tiempo para recoger los tesoros
de la Iglesia y entregarlos a las autoridades.
Lorenzo distribuyó el dinero
disponible a los pobres y luego presentó
a éstos a las autoridades como
el verdadero tesoro de la Iglesia15.
Cualquiera que sea la fiabilidad histórica
de tales detalles, Lorenzo ha quedado
en la memoria de la Iglesia como
un gran exponente de la caridad
eclesial.
24. Una alusión a la figura del
emperador Juliano el Apóstata († 363)
puede ilustrar una vez más lo esencial
que era para la Iglesia de los primeros
siglos la caridad ejercida y organizada.
A los seis años, Juliano asistió al asesinato
de su padre, de su hermano y
de otros parientes a manos de los
guardias del palacio imperial; él imputó
esta brutalidad —con razón o sin
ella— al emperador Constancio, que se
tenía por un gran cristiano. Por eso,
para él la fe cristiana quedó desacreditada
definitivamente. Una vez emperador,
decidió restaurar el paganismo, la
antigua religión romana, pero también
reformarlo, de manera que fuera realmente
la fuerza impulsora del imperio.
En esta perspectiva, se inspiró ampliamente
en el cristianismo. Estableció
una jerarquía de metropolitas y sacerdotes.
Los sacerdotes debían promover
el amor a Dios y al prójimo. Escribía
en una de sus cartas16 que el único
aspecto que le impresionaba del cristianismo
era la actividad caritativa de
la Iglesia. Así pues, un punto determinante
para su nuevo paganismo fue
dotar a la nueva religión de un sistema
paralelo al de la caridad de la Iglesia.
Los «Galileos» —así los llamaba—
habían logrado con ello su popularidad.
Se les debía emular y superar. De
este modo, el emperador confirmaba,
pues, cómo la caridad era una característica
determinante de la comunidad
cristiana, de la Iglesia.
25. Llegados a este punto, tomamos
de nuestras reflexiones dos datos
esenciales:
a) La naturaleza íntima de la Iglesia
se expresa en una triple tarea: anuncio
de la Palabra de Dios (kerygma-martyria),
celebración de los Sacramentos
(leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia).
Son tareas que se implican
mutuamente y no pueden separarse
una de otra. Para la Iglesia, la caridad
no es una especie de actividad de
asistencia social que también se podría
dejar a otros, sino que pertenece
a su naturaleza y es manifestación
irrenunciable de su propia esencia17.
b) La Iglesia es la familia de Dios
en el mundo. En esta familia no debe
haber nadie que sufra por falta de lo
necesario. Pero, al mismo tiempo, la
caritas-agapé supera los confines de la
Iglesia; la parábola del buen Samaritano
sigue siendo el criterio de comportamiento
y muestra la universalidad
del amor que se dirige hacia el necesitado
encontrado «casualmente» (cf. Lc
10, 31), quienquiera que sea. No obstante,
quedando a salvo la universalidad
del amor, también se da la exigencia
específicamente eclesial de que,
precisamente en la Iglesia misma como
familia, ninguno de sus miembros
sufra por encontrarse en necesidad.
En este sentido, siguen teniendo valor
las palabras de la Carta a los Gálatas:
«Mientras tengamos oportunidad, hagamos
el bien a todos, pero especialmente
a nuestros hermanos en la fe»
(6, 10).
Justicia y caridad
26. Desde el siglo XIX se ha planteado
una objeción contra la actividad
caritativa de la Iglesia, desarrollada
después con insistencia sobre todo
por el pensamiento marxista. Los pobres,
se dice, no necesitan obras de
caridad, sino de justicia. Las obras de
caridad —la limosna— serían en realidad
un modo para que los ricos eludan
la instauración de la justicia y acallen
su conciencia, conservando su
propia posición social y despojando a
los pobres de sus derechos. En vez de
contribuir con obras aisladas de caridad
a mantener las condiciones existentes,
haría falta crear un orden justo,
en el que todos reciban su parte de
los bienes del mundo y, por lo tanto,
no necesiten ya las obras de caridad.
Se debe reconocer que en esta argumentación
hay algo de verdad, pero
también bastantes errores. Es cierto
que una norma fundamental del Estado
debe ser perseguir la justicia y que
el objetivo de un orden social justo es
garantizar a cada uno, respetando el
principio de subsidiaridad, su parte de
los bienes comunes. Eso es lo que ha
subrayado también la doctrina cristiana
sobre el Estado y la doctrina social
de la Iglesia. La cuestión del orden
justo de la colectividad, desde un punto
de vista histórico, ha entrado en
una nueva fase con la formación de la
sociedad industrial en el siglo XIX. El
surgir de la industria moderna ha desbaratado
las viejas estructuras sociales
y, con la masa de los asalariados, ha
provocado un cambio radical en la
configuración de la sociedad, en la
cual la relación entre el capital y el trabajo
se ha convertido en la cuestión
decisiva, una cuestión que, en estos
términos, era desconocida hasta entonces.
Desde ese momento, los medios
de producción y el capital eran el
nuevo poder que, estando en manos
de pocos, comportaba para las masas
obreras una privación de derechos
contra la cual había que rebelarse.
27. Se debe admitir que los representantes
de la Iglesia percibieron sólo
lentamente que el problema de la estructura
justa de la sociedad se planteaba
de un modo nuevo. No faltaron
pioneros: uno de ellos, por ejemplo,
fue el Obispo Ketteler de Maguncia (†
1877). Para hacer frente a las necesidades
concretas surgieron también
círculos, asociaciones, uniones, federaciones
y, sobre todo, nuevas Congregaciones
religiosas, que en el siglo
XIX se dedicaron a combatir la pobreza,
las enfermedades y las situaciones
de carencia en el campo educativo. En
1891, se interesó también el magisterio
pontificio con la Encíclica Rerum
novarum de León XIII. Siguió con la
Encíclica de Pío XI Quadragesimo
anno, en 1931. En 1961, el beato Papa
Juan XXIII publicó la Encíclica Mater et
Magistra, mientras que Pablo VI, en la
Encíclica Populorum progressio (1967)
y en la Carta apostólica Octogesima
adveniens (1971), afrontó con insistencia
la problemática social que, entre
tanto, se había agudizado sobre todo
en Latinoamérica. Mi gran predecesor
Juan Pablo II nos ha dejado una trilogía
de Encíclicas sociales: Laborem
exercens (1981), Sollicitudo rei socialis
(1987) y Centesimus annus (1991). Así
pues, cotejando situaciones y problemas
nuevos cada vez, se ha ido desarrollando
una doctrina social católica,
que en 2004 ha sido presentada de
modo orgánico en el Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, redactado
por el Consejo Pontificio Iustitia et
Pax. El marxismo había presentado la
revolución mundial y su preparación
como la panacea para los problemas
sociales: mediante la revolución y la
consiguiente colectivización de los
medios de producción —se afirmaba
en dicha doctrina— todo iría repentinamente
de modo diferente y mejor.
Este sueño se ha desvanecido. En la
difícil situación en la que nos encontramos
hoy, a causa también de la
globalización de la economía, la doctrina
social de la Iglesia se ha convertido
en una indicación fundamental,
que propone orientaciones válidas
mucho más allá de sus confines: estas
orientaciones —ante el avance del progreso—
se han de afrontar en diálogo
con todos los que se preocupan seriamente
por el hombre y su mundo.
28. Para definir con más precisión
la relación entre el compromiso
necesario por la justicia y el servicio de
la caridad, hay que tener en cuenta
dos situaciones de hecho:
a) El orden justo de la sociedad y
del Estado es una tarea principal de la
política. Un Estado que no se rigiera
según la justicia se reduciría a una
gran banda de ladrones, dijo una vez
Agustín: «Remota itaque iustitia quid
sunt regna nisi magna latrocinia?»18. Es
propio de la estructura fundamental
del cristianismo la distinción entre lo
que es del César y lo que es de Dios
(cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e
Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano
II, el reconocimiento de la autonomía
de las realidades temporales19. El
Estado no puede imponer la religión,
pero tiene que garantizar su libertad y
la paz entre los seguidores de las diversas
religiones; la Iglesia, como expresión
social de la fe cristiana, por su
parte, tiene su independencia y vive su
forma comunitaria basada en la fe,
que el Estado debe respetar. Son dos
esferas distintas, pero siempre en relación
recíproca.
La justicia es el objeto y, por tanto,
también la medida intrínseca de toda
política. La política es más que una
simple técnica para determinar los ordenamientos
públicos: su origen y su
meta están precisamente en la justicia,
y ésta es de naturaleza ética. Así, pues,
el Estado se encuentra inevitablemente
de hecho ante la cuestión de cómo realizar
la justicia aquí y ahora. Pero esta
pregunta presupone otra más radical:
¿qué es la justicia? Éste es un problema
que concierne a la razón práctica;
pero para llevar a cabo rectamente su
función, la razón ha de purificarse
constantemente, porque su ceguera
ética, que deriva de la preponderancia
del interés y del poder que la deslumbran,
es un peligro que nunca se puede
descartar totalmente.
En este punto, política y fe se encuentran.
Sin duda, la naturaleza específica
de la fe es la relación con el Dios
vivo, un encuentro que nos abre nuevos
horizontes mucho más allá del
ámbito propio de la razón. Pero, al
mismo tiempo, es una fuerza purificadora
para la razón misma. Al partir de
la perspectiva de Dios, la libera de su
ceguera y la ayuda así a ser mejor ella
misma. La fe permite a la razón desempeñar
del mejor modo su cometido
y ver más claramente lo que le es
propio. En este punto se sitúa la doctrina
social católica: no pretende otorgar
a la Iglesia un poder sobre el Estado.
Tampoco quiere imponer a los
que no comparten la fe sus propias
perspectivas y modos de comportamiento.
Desea simplemente contribuir
a la purificación de la razón y aportar
su propia ayuda para que lo que es
justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido
y después puesto también en
práctica.
La doctrina social de la Iglesia argumenta
desde la razón y el derecho
natural, es decir, a partir de lo que es
conforme a la naturaleza de todo ser
humano. Y sabe que no es tarea de la
Iglesia el que ella misma haga valer
políticamente esta doctrina: quiere
servir a la formación de las conciencias
en la política y contribuir a que
crezca la percepción de las verdaderas
exigencias de la justicia y, al mismo
tiempo, la disponibilidad para actuar
conforme a ella, aun cuando esto estuviera
en contraste con situaciones
de intereses personales. Esto significa
que la construcción de un orden social
y estatal justo, mediante el cual se
da a cada uno lo que le corresponde,
es una tarea fundamental que debe
afrontar de nuevo cada generación.
Tratándose de un quehacer político,
esto no puede ser un cometido inmediato
de la Iglesia. Pero, como al mismo
tiempo es una tarea humana primaria,
la Iglesia tiene el deber de ofrecer,
mediante la purificación de la razón
y la formación ética, su
contribución específica, para que las
exigencias de la justicia sean comprensibles
y políticamente realizables.
La Iglesia no puede ni debe emprender
por cuenta propia la empresa
política de realizar la sociedad más
justa posible. No puede ni debe sustituir
al Estado. Pero tampoco puede ni
debe quedarse al margen en la lucha
por la justicia. Debe insertarse en ella
a través de la argumentación racional
y debe despertar las fuerzas espirituales,
sin las cuales la justicia, que siempre
exige también renuncias, no puede
afirmarse ni prosperar. La sociedad
justa no puede ser obra de la Iglesia,
sino de la política. No obstante, le interesa
sobremanera trabajar por la
justicia esforzándose por abrir la inteligencia
y la voluntad a las exigencias
del bien.
b) El amor —caritas— siempre será
necesario, incluso en la sociedad más
justa. No hay orden estatal, por justo
que sea, que haga superfluo el servicio
del amor. Quien intenta desentenderse
del amor se dispone a desentenderse
del hombre en cuanto hombre. Siempre
habrá sufrimiento que necesite
consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad.
Siempre se darán también situaciones
de necesidad material en las
que es indispensable una ayuda que
muestre un amor concreto al prójimo20.
El Estado que quiere proveer a
todo, que absorbe todo en sí mismo,
se convierte en definitiva en una instancia
burocrática que no puede asegurar
lo más esencial que el hombre
afligido —cualquier ser humano— necesita:
una entrañable atención personal.
Lo que hace falta no es un Estado
que regule y domine todo, sino que
generosamente reconozca y apoye, de
acuerdo con el principio de subsidiaridad,
las iniciativas que surgen de las
diversas fuerzas sociales y que unen la
espontaneidad con la cercanía a los
hombres necesitados de auxilio. La
Iglesia es una de estas fuerzas vivas:
en ella late el dinamismo del amor
suscitado por el Espíritu de Cristo. Este
amor no brinda a los hombres sólo
ayuda material, sino también sosiego
y cuidado del alma, un ayuda con frecuencia
más necesaria que el sustento
material. La afirmación según la cual
las estructuras justas harían superfluas
las obras de caridad, esconde una
concepción materialista del hombre: el
prejuicio de que el hombre vive «sólo
de pan» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3), una concepción
que humilla al hombre e ignora
precisamente lo que es más específicamente
humano.
29. De este modo podemos ahora
determinar con mayor precisión la
relación que existe en la vida de la
Iglesia entre el empeño por el orden
justo del Estado y la sociedad, por un
lado y, por otro, la actividad caritativa
organizada. Ya se ha dicho que el establecimiento
de estructuras justas no
es un cometido inmediato de la Iglesia,
sino que pertenece a la esfera de
la política, es decir, de la razón autoresponsable.
En esto, la tarea de la
Iglesia es mediata, ya que le corresponde
contribuir a la purificación de la
razón y reavivar las fuerzas morales,
sin lo cual no se instauran estructuras
justas, ni éstas pueden ser operativas
a largo plazo.
El deber inmediato de actuar en favor
de un orden justo en la sociedad
es más bien propio de los fieles laicos.
Como ciudadanos del Estado, están
llamados a participar en primera persona
en la vida pública. Por tanto, no
pueden eximirse de la «multiforme y
variada acción económica, social, legislativa,
administrativa y cultural, destinada
a promover orgánica e institucionalmente
el bien común»21. La misión
de los fieles es, por tanto, configurar
rectamente la vida social,
respetando su legítima autonomía y
cooperando con los otros ciudadanos
según las respectivas competencias y
bajo su propia responsabilidad22. Aunque
las manifestaciones de la caridad
eclesial nunca pueden confundirse
con la actividad del Estado, sigue siendo
verdad que la caridad debe animar
toda la existencia de los fieles laicos y,
por tanto, su actividad política, vivida
como «caridad social»23.
Las organizaciones caritativas de la
Iglesia, sin embargo, son un opus proprium
suyo, un cometido que le es
congenial, en el que ella no coopera
colateralmente, sino que actúa como
sujeto directamente responsable, haciendo
algo que corresponde a su naturaleza.
La Iglesia nunca puede sentirse
dispensada del ejercicio de la caridad
como actividad organizada de
los creyentes y, por otro lado, nunca
habrá situaciones en las que no haga
falta la caridad de cada cristiano individualmente,
porque el hombre, más
allá de la justicia, tiene y tendrá siempre
necesidad de amor.
Las múltiples estructuras
de servicio caritativo
en el contexto social actual
30. Antes de intentar definir el
perfil específico de la actividad eclesial
al servicio del hombre, quisiera considerar
ahora la situación general del
compromiso por la justicia y el amor
en el mundo actual.
a) Los medios de comunicación de
masas han como empequeñecido hoy
nuestro planeta, acercando rápidamente
a hombres y culturas muy diferentes.
Si bien este «estar juntos» suscita
a veces incomprensiones y tensiones,
el hecho de que ahora se conozcan
de manera mucho más inmediata
las necesidades de los hombres es
también una llamada sobre todo a
compartir situaciones y dificultades.
Vemos cada día lo mucho que se sufre
en el mundo a causa de tantas formas
de miseria material o espiritual,
no obstante los grandes progresos en
el campo de la ciencia y de la técnica.
Así pues, el momento actual requiere
una nueva disponibilidad para socorrer
al prójimo necesitado. El Concilio
Vaticano II lo ha subrayado con palabras
muy claras: «Al ser más rápidos
los medios de comunicación, se ha
acortado en cierto modo la distancia
entre los hombres y todos los habitantes
del mundo [...]. La acción caritativa
puede y debe abarcar hoy a todos
los hombres y todas sus necesidades
»24.
Por otra parte —y éste es un aspecto
provocativo y a la vez estimulante
del proceso de globalización—, ahora
se puede contar con innumerables
medios para prestar ayuda humanitaria
a los hermanos y hermanas necesitados,
como son los modernos sistemas
para la distribución de comida y
ropa, así como también para ofrecer
alojamiento y acogida. La solicitud por
el prójimo, pues, superando los confines
de las comunidades nacionales,
tiende a extender su horizonte al
mundo entero. El Concilio Vaticano II
ha hecho notar oportunamente que
«entre los signos de nuestro tiempo es
digno de mención especial el creciente
e inexcusable sentido de solidaridad
entre todos los pueblos»25. Los organismos
del Estado y las asociaciones
humanitarias favorecen iniciativas
orientadas a este fin, generalmente
mediante subsidios o desgravaciones
fiscales en un caso, o poniendo a disposición
considerables recursos, en
otro. De este modo, la solidaridad expresada
por la sociedad civil supera
de manera notable a la realizada por
las personas individualmente.
b) En esta situación han surgido
numerosas formas nuevas de colaboración
entre entidades estatales y eclesiales,
que se han demostrado fructíferas.
Las entidades eclesiales, con la
transparencia en su gestión y la fidelidad
al deber de testimoniar el amor,
podrán animar cristianamente también
a las instituciones civiles, favoreciendo
una coordinación mutua que seguramente
ayudará a la eficacia del servicio
caritativo26. También se han formado
en este contexto múltiples organizaciones
con objetivos caritativos o filantrópicos,
que se esfuerzan por lograr soluciones
satisfactorias desde el punto
de vista humanitario a los problemas
sociales y políticos existentes. Un fenómeno
importante de nuestro tiempo es
el nacimiento y difusión de muchas
formas de voluntariado que se hacen
cargo de múltiples servicios27. A este
propósito, quisiera dirigir una palabra
especial de aprecio y gratitud a todos
los que participan de diversos modos
en estas actividades. Esta labor tan difundida
es una escuela de vida para
los jóvenes, que educa a la solidaridad
y a estar disponibles para dar no sólo
algo, sino a sí mismos. De este modo,
frente a la anticultura de la muerte, que
se manifiesta por ejemplo en la droga,
se contrapone el amor, que no se busca
a sí mismo, sino que, precisamente
en la disponibilidad a «perderse a sí
mismo» (cf. Lc 17, 33 y par.) en favor
del otro, se manifiesta como cultura de
la vida.
También en la Iglesia católica y en
otras Iglesias y Comunidades eclesiales
han aparecido nuevas formas de
actividad caritativa y otras antiguas
han resurgido con renovado impulso.
Son formas en las que frecuentemente
se logra establecer un acertado nexo
entre evangelización y obras de caridad.
Deseo corroborar aquí expresamente
lo que mi gran predecesor Juan
Pablo II dijo en su Encíclica Sollicitudo
rei socialis28, cuando declaró la disponibilidad
de la Iglesia católica a colaborar
con las organizaciones caritativas
de estas Iglesias y Comunidades,
puesto que todos nos movemos por
la misma motivación fundamental y
tenemos los ojos puestos en el mismo
objetivo: un verdadero humanismo,
que reconoce en el hombre la imagen
de Dios y quiere ayudarlo a realizar
una vida conforme a esta dignidad. La
Encíclica Ut unum sint destacó después,
una vez más, que para un mejor
desarrollo del mundo es necesaria la
voz común de los cristianos, su compromiso
«para que triunfe el respeto
de los derechos y de las necesidades
de todos, especialmente de los pobres,
los marginados y los indefensos»29.
Quisiera expresar mi alegría por el hecho
de que este deseo haya encontrado
amplio eco en numerosas iniciativas
en todo el mundo.
El perfil específico de la actividad
caritativa de la Iglesia
31. En el fondo, el aumento de organizaciones
diversificadas que trabajan
en favor del hombre en sus diversas
necesidades, se explica por el hecho
de que el imperativo del amor al
prójimo ha sido grabado por el Creador
en la naturaleza misma del hombre.
Pero es también un efecto de la
presencia del cristianismo en el mundo,
que reaviva continuamente y hace
eficaz este imperativo, a menudo tan
empañado a lo largo de la historia. La
mencionada reforma del paganismo
intentada por el emperador Juliano el
Apóstata, es sólo un testimonio inicial
de dicha eficacia. En este sentido, la
fuerza del cristianismo se extiende
mucho más allá de las fronteras de la
fe cristiana. Por tanto, es muy importante
que la actividad caritativa de la
Iglesia mantenga todo su esplendor y
no se diluya en una organización asistencial
genérica, convirtiéndose simplemente
en una de sus variantes. Pero,
¿cuáles son los elementos que
constituyen la esencia de la caridad
cristiana y eclesial?
a) Según el modelo expuesto en la
parábola del buen Samaritano, la caridad
cristiana es ante todo y simplemente
la respuesta a una necesidad
inmediata en una determinada situación:
los hambrientos han de ser saciados,
los desnudos vestidos, los enfermos
atendidos para que se recuperen,
los prisioneros visitados, etc.
Las organizaciones caritativas de la
Iglesia, comenzando por Cáritas (diocesana,
nacional, internacional), han
de hacer lo posible para poner a disposición
los medios necesarios y, sobre
todo, los hombres y mujeres que
desempeñan estos cometidos. Por lo
que se refiere al servicio que se ofrece
a los que sufren, es preciso que sean
competentes profesionalmente: quienes
prestan ayuda han de ser formados
de manera que sepan hacer lo
más apropiado y de la manera más
adecuada, asumiendo el compromiso
de que se continúe después las atenciones
necesarias. Un primer requisito
fundamental es la competencia profesional,
pero por sí sola no basta. En
efecto, se trata de seres humanos, y
los seres humanos necesitan siempre
algo más que una atención sólo técnicamente
correcta. Necesitan humanidad.
Necesitan atención cordial. Cuantos
trabajan en las instituciones caritativas
de la Iglesia deben distinguirse
por no limitarse a realizar con destreza
lo más conveniente en cada momento,
sino por su dedicación al otro
con una atención que sale del corazón,
para que el otro experimente su
riqueza de humanidad. Por eso, dichos
agentes, además de la preparación
profesional, necesitan también y
sobre todo una «formación del corazón
»: se les ha de guiar hacia ese encuentro
con Dios en Cristo, que suscite
en ellos el amor y abra su espíritu al
otro, de modo que, para ellos, el amor
al prójimo ya no sea un mandamiento
por así decir impuesto desde fuera, sino
una consecuencia que se desprende
de su fe, la cual actúa por la caridad
(cf. Ga 5, 6).
b) La actividad caritativa cristiana
ha de ser independiente de partidos e
ideologías. No es un medio para
transformar el mundo de manera ideológica
y no está al servicio de estrategias
mundanas, sino que es la actualización
aquí y ahora del amor que
el hombre siempre necesita. Los tiempos
modernos, sobre todo desde el siglo
XIX, están dominados por una filosofía
del progreso con diversas variantes,
cuya forma más radical es el
marxismo. Una parte de la estrategia
marxista es la teoría del empobrecimiento:
quien en una situación de poder
injusto ayuda al hombre con iniciativas
de caridad —afirma— se pone
de hecho al servicio de ese sistema injusto,
haciéndolo aparecer soportable,
al menos hasta cierto punto. Se frena
así el potencial revolucionario y, por
tanto, se paraliza la insurrección hacia
un mundo mejor. De aquí el rechazo y
el ataque a la caridad como un sistema
conservador del statu quo. En realidad,
ésta es una filosofía inhumana.
El hombre que vive en el presente es
sacrificado al Moloc del futuro, un futuro
cuya efectiva realización resulta
por lo menos dudosa. La verdad es
que no se puede promover la humanización
del mundo renunciando, por el
momento, a comportarse de manera
humana. A un mundo mejor se contribuye
solamente haciendo el bien ahora
y en primera persona, con pasión y
donde sea posible, independientemente
de estrategias y programas de
partido. El programa del cristiano —el
programa del buen Samaritano, el
programa de Jesús— es un «corazón
que ve». Este corazón ve dónde se necesita
amor y actúa en consecuencia.
Obviamente, cuando la actividad caritativa
es asumida por la Iglesia como
iniciativa comunitaria, a la espontaneidad
del individuo debe añadirse también
la programación, la previsión, la
colaboración con otras instituciones
similares.
c) Además, la caridad no ha de ser
un medio en función de lo que hoy se
considera proselitismo. El amor es
gratuito; no se practica para obtener
otros objetivos30. Pero esto no significa
que la acción caritativa deba, por decirlo
así, dejar de lado a Dios y a Cristo.
Siempre está en juego todo el
hombre. Con frecuencia, la raíz más
profunda del sufrimiento es precisamente
la ausencia de Dios. Quien ejerce
la caridad en nombre de la Iglesia
nunca tratará de imponer a los demás
la fe de la Iglesia. Es consciente de que
el amor, en su pureza y gratuidad, es
el mejor testimonio del Dios en el que
creemos y que nos impulsa a amar. El
cristiano sabe cuándo es tiempo de
hablar de Dios y cuándo es oportuno
callar sobre Él, dejando que hable sólo
el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn
4, 8) y que se hace presente justo en
los momentos en que no se hace más
que amar. Y, sabe —volviendo a las
preguntas de antes— que el desprecio
del amor es vilipendio de Dios y del
hombre, es el intento de prescindir de
Dios. En consecuencia, la mejor defensa
de Dios y del hombre consiste precisamente
en el amor. Las organizaciones
caritativas de la Iglesia tienen el
cometido de reforzar esta conciencia
en sus propios miembros, de modo
que a través de su actuación —así como
por su hablar, su silencio, su ejemplo—
sean testigos creíbles de Cristo.
Los responsables de la acción
caritativa de la Iglesia
32. Finalmente, debemos dirigir
nuestra atención a los responsables
de la acción caritativa de la Iglesia ya
mencionados. En las reflexiones precedentes
se ha visto claro que el verdadero
sujeto de las diversas organizaciones
católicas que desempeñan
un servicio de caridad es la Iglesia
misma, y eso a todos los niveles, empezando
por las parroquias, a través
de las Iglesias particulares, hasta llegar
a la Iglesia universal. Por esto fue muy
oportuno que mi venerado predecesor
Pablo VI instituyera el Consejo Pontificio
Cor unum como organismo de la
Santa Sede responsable para la orientación
y coordinación entre las organizaciones
y las actividades caritativas
promovidas por la Iglesia católica.
Además, es propio de la estructura
episcopal de la Iglesia que los obispos,
como sucesores de los Apóstoles, tengan
en las Iglesias particulares la primera
responsabilidad de cumplir, también
hoy, el programa expuesto en los
Hechos de los Apóstoles (cf. 2, 42-44):
la Iglesia, como familia de Dios, debe
ser, hoy como ayer, un lugar de ayuda
recíproca y al mismo tiempo de disponibilidad
para servir también a cuantos
fuera de ella necesitan ayuda. Durante
el rito de la ordenación episcopal,
el acto de consagración propiamente
dicho está precedido por
algunas preguntas al candidato, en las
que se expresan los elementos esenciales
de su oficio y se le recuerdan los
deberes de su futuro ministerio. En este
contexto, el ordenando promete expresamente
que será, en nombre del
Señor, acogedor y misericordioso para
con los más pobres y necesitados de
consuelo y ayuda31. El Código de Derecho
Canónico, en los cánones relativos
al ministerio episcopal, no habla expresamente
de la caridad como un
ámbito específico de la actividad episcopal,
sino sólo, de modo general, del
deber del Obispo de coordinar las diversas
obras de apostolado respetando
su propia índole32. Recientemente,
no obstante, el Directorio para el ministerio
pastoral de los obispos ha profundizado
más concretamente el deber
de la caridad como cometido intrínseco
de toda la Iglesia y del Obispo
en su diócesis33, y ha subrayado que el
ejercicio de la caridad es una actividad
de la Iglesia como tal y que forma
parte esencial de su misión originaria,
al igual que el servicio de la Palabra y
los Sacramentos34.
33. Por lo que se refiere a los colaboradores
que desempeñan en la
práctica el servicio de la caridad en la
Iglesia, ya se ha dicho lo esencial: no
han de inspirarse en los esquemas
que pretenden mejorar el mundo siguiendo
una ideología, sino dejarse
guiar por la fe que actúa por el amor
(cf. Ga 5, 6). Han de ser, pues, personas
movidas ante todo por el amor de
Cristo, personas cuyo corazón ha sido
conquistado por Cristo con su amor,
despertando en ellos el amor al prójimo.
El criterio inspirador de su actuación
debería ser lo que se dice en la
Segunda carta a los Corintios: «Nos
apremia el amor de Cristo» (5, 14). La
conciencia de que, en Él, Dios mismo
se ha entregado por nosotros hasta la
muerte, tiene que llevarnos a vivir no
ya para nosotros mismos, sino para Él
y, con Él, para los demás. Quien ama a
Cristo ama a la Iglesia y quiere que ésta
sea cada vez más expresión e instrumento
del amor que proviene de Él.
El colaborador de toda organización
caritativa católica quiere trabajar con
la Iglesia y, por tanto, con el Obispo,
con el fin de que el amor de Dios se
difunda en el mundo. Por su participación
en el servicio de amor de la
Iglesia, desea ser testigo de Dios y de
Cristo y, precisamente por eso, hacer
el bien a los hombres gratuitamente.
34. La apertura interior a la dimensión
católica de la Iglesia ha de
predisponer al colaborador a sintonizar
con las otras organizaciones en el
servicio a las diversas formas de necesidad;
pero esto debe hacerse respetando
la fisonomía específica del servicio
que Cristo pidió a sus discípulos.
En su himno a la caridad (cf. 1 Co 13),
san Pablo nos enseña que ésta es
siempre algo más que una simple actividad:
«Podría repartir en limosnas todo
lo que tengo y aun dejarme quemar
vivo; si no tengo amor, de nada
me sirve» (v. 3). Este himno debe ser la
Carta Magna de todo el servicio eclesial;
en él se resumen todas las reflexiones
que he expuesto sobre el amor
a lo largo de esta Carta encíclica. La
actuación práctica resulta insuficiente
si en ella no se puede percibir el amor
por el hombre, un amor que se alimenta
en el encuentro con Cristo. La
íntima participación personal en las
necesidades y sufrimientos del otro se
convierte así en un darme a mí mismo:
para que el don no humille al otro, no
solamente debo darle algo mío, sino a
mí mismo; he de ser parte del don como
persona.
35. Éste es un modo de servir
que hace humilde al que sirve. No
adopta una posición de superioridad
ante el otro, por miserable que sea
momentáneamente su situación. Cristo
ocupó el último puesto en el mundo
—la cruz—, y precisamente con esta
humildad radical nos ha redimido y
nos ayuda constantemente. Quien es
capaz de ayudar reconoce que, precisamente
de este modo, también él es
ayudado; el poder ayudar no es mérito
suyo ni motivo de orgullo. Esto es
gracia. Cuanto más se esfuerza uno
por los demás, mejor comprenderá y
hará suya la palabra de Cristo: «Somos
unos pobres siervos» (Lc 17,10). En
efecto, reconoce que no actúa fundándose
en una superioridad o mayor capacidad
personal, sino porque el Señor
le concede este don. A veces, el
exceso de necesidades y lo limitado de
sus propias actuaciones le harán sentir
la tentación del desaliento. Pero,
precisamente entonces, le aliviará saber
que, en definitiva, él no es más
que un instrumento en manos del Señor;
se liberará así de la presunción de
tener que mejorar el mundo —algo
siempre necesario— en primera persona
y por sí solo. Hará con humildad lo
que le es posible y, con humildad,
confiará el resto al Señor. Quien gobierna
el mundo es Dios, no nosotros.
Nosotros le ofrecemos nuestro servicio
sólo en lo que podemos y hasta
que Él nos dé fuerzas. Sin embargo,
hacer todo lo que está en nuestras
manos con las capacidades que tenemos,
es la tarea que mantiene siempre
activo al siervo bueno de Jesucristo:
«Nos apremia el amor de Cristo» (2 Co
5, 14).
36. La experiencia de la inmensa
necesidad puede, por un lado, inclinarnos
hacia la ideología que pretende
realizar ahora lo que, según parece,
no consigue el gobierno de Dios sobre
el mundo: la solución universal de
todos los problemas. Por otro, puede
convertirse en una tentación a la inercia
ante la impresión de que, en cualquier
caso, no se puede hacer nada.
En esta situación, el contacto vivo con
Cristo es la ayuda decisiva para continuar
en el camino recto: ni caer en
una soberbia que desprecia al hombre
y en realidad nada construye, sino que
más bien destruye, ni ceder a la resignación,
la cual impediría dejarse guiar
por el amor y así servir al hombre. La
oración se convierte en estos momentos
en una exigencia muy concreta,
como medio para recibir constantemente
fuerzas de Cristo. Quien reza
no desperdicia su tiempo, aunque todo
haga pensar en una situación de
emergencia y parezca impulsar sólo a
la acción. La piedad no escatima la lucha
contra la pobreza o la miseria del
prójimo. La beata Teresa de Calcuta es
un ejemplo evidente de que el tiempo
dedicado a Dios en la oración no sólo
deja de ser un obstáculo para la eficacia
y la dedicación al amor al prójimo,
sino que es en realidad una fuente
inagotable para ello. En su carta para
la Cuaresma de 1996 la beata escribía
a sus colaboradores laicos: «Nosotros
necesitamos esta unión íntima con
Dios en nuestra vida cotidiana. Y ¿cómo
podemos conseguirla? A través de
la oración».
37. Ha llegado el momento de reafirmar
la importancia de la oración
ante el activismo y el secularismo de
muchos cristianos comprometidos en
el servicio caritativo. Obviamente, el
cristiano que reza no pretende cambiar
los planes de Dios o corregir lo
que Dios ha previsto. Busca más bien
el encuentro con el Padre de Jesucristo,
pidiendo que esté presente, con el
consuelo de su Espíritu, en él y en su
trabajo. La familiaridad con el Dios
personal y el abandono a su voluntad
impiden la degradación del hombre, lo
salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas
y terroristas. Una actitud auténticamente
religiosa evita que el
hombre se erija en juez de Dios, acusándolo
de permitir la miseria sin sentir
compasión por sus criaturas. Pero
quien pretende luchar contra Dios
apoyándose en el interés del hombre,
¿con quién podrá contar cuando la
acción humana se declare impotente?
38. Es cierto que Job puede quejarse
ante Dios por el sufrimiento incomprensible
y aparentemente injustificable
que hay en el mundo. Por
eso, en su dolor, dice: «¡Quién me diera
saber encontrarle, poder llegar a su
morada!... Sabría las palabras de su
réplica, comprendería lo que me dijera.
¿Precisaría gran fuerza para disputar
conmigo?... Por eso estoy, ante él,
horrorizado, y cuanto más lo pienso,
más me espanta. Dios me ha enervado
el corazón, el Omnipotente me ha
aterrorizado» (23, 3.5-6.15-16). A menudo
no se nos da a conocer el motivo
por el que Dios frena su brazo en
vez de intervenir. Por otra parte, Él
tampoco nos impide gritar como Jesús
en la cruz: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» (Mt
27, 46). Deberíamos permanecer con
esta pregunta ante su rostro, en diálogo
orante: «¿Hasta cuándo, Señor,
vas a estar sin hacer justicia, tú que
eres santo y veraz?» (cf. Ap 6, 10). San
Agustín da a este sufrimiento nuestro
la respuesta de la fe: «Si comprehendis,
non est Deus», si lo comprendes,
entonces no es Dios35. Nuestra protesta
no quiere desafiar a Dios, ni insinuar
en Él algún error, debilidad o
indiferencia. Para el creyente no es
posible pensar que Él sea impotente,
o bien que «tal vez esté dormido» (1 R
18, 27). Es cierto, más bien, que incluso
nuestro grito es, como en la boca
de Jesús en la cruz, el modo extremo
y más profundo de afirmar nuestra fe
en su poder soberano. En efecto, los
cristianos siguen creyendo, a pesar de
todas las incomprensiones y confusiones
del mundo que les rodea, en la
«bondad de Dios y su amor al hombre
» (Tt 3, 4). Aunque estén inmersos
como los demás hombres en las dramáticas
y complejas vicisitudes de la
historia, permanecen firmes en la certeza
de que Dios es Padre y nos ama,
aunque su silencio siga siendo incomprensible
para nosotros.
39. Fe, esperanza y caridad están
unidas. La esperanza se relaciona
prácticamente con la virtud de la
paciencia, que no desfallece ni siquiera
ante el fracaso aparente, y con la humildad,
que reconoce el misterio de
Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad.
La fe nos muestra a Dios que nos
ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros
la firme certeza de que realmente
es verdad que Dios es amor. De
este modo transforma nuestra impaciencia
y nuestras dudas en la esperanza
segura de que el mundo está en
manos de Dios y que, no obstante las
oscuridades, al final vencerá Él, como
luminosamente muestra el Apocalipsis
mediante sus imágenes sobrecogedoras.
La fe, que hace tomar conciencia
del amor de Dios revelado en el corazón
traspasado de Jesús en la cruz,
suscita a su vez el amor. El amor es
una luz —en el fondo la única— que
ilumina constantemente a un mundo
oscuro y nos da la fuerza para vivir y
actuar. El amor es posible, y nosotros
podemos ponerlo en práctica porque
hemos sido creados a imagen de Dios.
Vivir el amor y, así, llevar la luz de
Dios al mundo: a esto quisiera invitar
con esta Encíclica.
CONCLUSIÓN
40. Contemplemos finalmente a
los Santos, a quienes han ejercido de
modo ejemplar la caridad. Pienso particularmente
en Martín de Tours (†
397), que primero fue soldado y después
monje y obispo: casi como un
icono, muestra el valor insustituible
del testimonio individual de la caridad.
A las puertas de Amiens compartió
su manto con un pobre; durante la
noche, Jesús mismo se le apareció en
sueños revestido de aquel manto,
confirmando la perenne validez de las
palabras del Evangelio: «Estuve desnudo
y me vestisteis... Cada vez que lo
hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis»
(Mt 25, 36. 40)36. Pero ¡cuántos testimonios
más de caridad pueden citarse
en la historia de la Iglesia! Particularmente
todo el movimiento monástico,
desde sus comienzos con san
Antonio Abad († 356), muestra un
servicio ingente de caridad hacia el
prójimo. Al confrontarse «cara a cara»
con ese Dios que es Amor, el monje
percibe la exigencia apremiante de
transformar toda su vida en un servicio
al prójimo, además de servir a
Dios. Así se explican las grandes estructuras
de acogida, hospitalidad y
asistencia surgidas junto a los monasterios.
Se explican también las innumerables
iniciativas de promoción
humana y de formación cristiana destinadas
especialmente a los más pobres
de las que se han hecho cargo
las Órdenes monásticas y Mendicantes
primero, y después los diversos
Institutos religiosos masculinos y femeninos
a lo largo de toda la historia
de la Iglesia. Figuras de Santos como
Francisco de Asís, Ignacio de Loyola,
Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente
de Paúl, Luisa de Marillac, José B.
Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione,
Teresa de Calcuta —por citar sólo algunos
nombres— siguen siendo modelos
insignes de caridad social para
todos los hombres de buena voluntad.
Los Santos son los verdaderos
portadores de luz en la historia, porque
son hombres y mujeres de fe, esperanza
y amor.
41. Entre los Santos, sobresale
María, Madre del Señor y espejo de
toda santidad. El Evangelio de Lucas la
muestra atareada en un servicio de caridad
a su prima Isabel, con la cual
permaneció «unos tres meses» (1, 56)
para atenderla durante el embarazo.
«Magnificat anima mea Dominum»,
dice con ocasión de esta visita —«proclama
mi alma la grandeza del Señor
»— (Lc 1, 46), y con ello expresa todo
el programa de su vida: no ponerse
a sí misma en el centro, sino dejar
espacio a Dios, a quien encuentra tanto
en la oración como en el servicio al
prójimo; sólo entonces el mundo se
hace bueno. María es grande precisamente
porque quiere enaltecer a Dios
en lugar de a sí misma. Ella es humilde:
no quiere ser sino la sierva del Señor
(cf. Lc 1, 38. 48). Sabe que contribuye
a la salvación del mundo, no con
una obra suya, sino sólo poniéndose
plenamente a disposición de la iniciativa
de Dios. Es una mujer de esperanza:
sólo porque cree en las promesas
de Dios y espera la salvación de Israel,
el ángel puede presentarse a ella y llamarla
al servicio total de estas promesas.
Es una mujer de fe: «¡Dichosa tú,
que has creído!», le dice Isabel (Lc 1,
45). El Magníficat —un retrato de su alma,
por decirlo así— está completamente
tejido por los hilos tomados de
la Sagrada Escritura, de la Palabra de
Dios. Así se pone de relieve que la Palabra
de Dios es verdaderamente su
propia casa, de la cual sale y entra con
toda naturalidad. Habla y piensa con
la Palabra de Dios; la Palabra de Dios
se convierte en palabra suya, y su palabra
nace de la Palabra de Dios. Así
se pone de manifiesto, además, que
sus pensamientos están en sintonía
con el pensamiento de Dios, que su
querer es un querer con Dios. Al estar
íntimamente penetrada por la Palabra
de Dios, puede convertirse en madre
de la Palabra encarnada. María es, en
fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría
ser de otro modo? Como creyente,
que en la fe piensa con el pensamiento
de Dios y quiere con la voluntad de
Dios, no puede ser más que una mujer
que ama. Lo intuimos en sus gestos
silenciosos que nos narran los relatos
evangélicos de la infancia. Lo vemos
en la delicadeza con la que en
Caná se percata de la necesidad en la
que se encuentran los esposos, y lo
hace presente a Jesús. Lo vemos en la
humildad con que acepta ser como
olvidada en el período de la vida pública
de Jesús, sabiendo que el Hijo
tiene que fundar ahora una nueva familia
y que la hora de la Madre llegará
solamente en el momento de la cruz,
que será la verdadera hora de Jesús
(cf. Jn 2, 4; 13, 1). Entonces, cuando los
discípulos hayan huido, ella permanecerá
al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25-27);
más tarde, en el momento de Pentecostés,
serán ellos los que se agrupen
en torno a ella en espera del Espíritu
Santo (cf. Hch 1, 14).
42. La vida de los Santos no
comprende sólo su biografía terrena,
sino también su vida y actuación en
Dios después de la muerte. En los
Santos es evidente que, quien va hacia
Dios, no se aleja de los hombres,
sino que se hace realmente cercano a
ellos. En nadie lo vemos mejor que
en María. La palabra del Crucificado
al discípulo —a Juan y, por medio de
él, a todos los discípulos de Jesús:
«Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27)—
se hace de nuevo verdadera en cada
generación. María se ha convertido
efectivamente en Madre de todos los
creyentes. A su bondad materna, así
como a su pureza y belleza virginal,
se dirigen los hombres de todos los
tiempos y de todas las partes del
mundo en sus necesidades y esperanzas,
en sus alegrías y contratiempos,
en su soledad y en su convivencia.
Y siempre experimentan el don de
su bondad; experimentan el amor
inagotable que derrama desde lo más
profundo de su corazón. Los testimonios
de gratitud, que le manifiestan
en todos los continentes y en todas
las culturas, son el reconocimiento
de aquel amor puro que no se
busca a sí mismo, sino que sencillamente
quiere el bien. La devoción de
los fieles muestra al mismo tiempo la
intuición infalible de cómo es posible
este amor: se alcanza merced a la
unión más íntima con Dios, en virtud
de la cual se está embargado totalmente
de Él, una condición que permite
a quien ha bebido en el manantial
del amor de Dios convertirse a sí
mismo en un manantial «del que manarán
torrentes de agua viva» (Jn 7,
38). María, la Virgen, la Madre, nos
enseña qué es el amor y dónde tiene
su origen, su fuerza siempre nueva. A
ella confiamos la Iglesia, su misión al
servicio del amor:
Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido así en fuente
de la bondad que mana de Él.
Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.
Dado en Roma, junto a San Pedro,
25 de diciembre, solemnidad de la Natividad
del Señor, del año 2005, primero
de mi Pontificado.
NOTAS
01: Cf. Jenseits von Gut und Böse, IV, 168.
02: X, 69.
03: Cf. R. Descartes, OEuvres, ed. V. Cousin,
vol. 12, París, 1824, pp. 95ss.
04: II, 5: SCh 381, 196.
05: Ibíd., 198.
06: Cf. Metafísica, XII, 7.
07: Cf. Pseudo Dionisio Areopagita, Los
nombres de Dios, IV, 12-14: PG 3, 709-
713, donde llama a Dios eros y agapé
al mismo tiempo.
08: Cf. El Banquete, XIV-XV, 189c-192d.
09: Salustio, De coniuratione Catilinae, XX, 4.
10: Cf. San Agustín, Confesiones, III, 6, 11:
CCL 27, 32.
11: De Trinitate, VIII, 8, 12: CCL 50, 287.
12: Cf. I Apologia, 67: PG 6, 429.
13: Cf. Apologeticum 39, 7: PL 1, 468.
14: Ep. ad Rom., Inscr.: PG 5, 801.
15: Cf. San Ambrosio, De officiis ministrorum,
II, 28, 140: PL 16, 141.
16: Cf. Ep. 83: J. Bidez, L’Empereur Julien.
OEuvres complètes, París 19602, I, 2a, p.
145. |
17: Cf. Congregación para los Obispos, Directorio
para el ministerio pastoral de
los obispos Apostolorum Successores
(22 febrero 2004), 194: Ciudad del Vaticano,
2004, 210-211.
18: De Civitate Dei, IV, 4: CCL 47, 102.
19: Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 36.
20: Cf. Congregación para los Obispos, Directorio
para el ministerio pastoral de
los obispos Apostolorum Successores
(22 febrero 2004), 197: Ciudad del Vaticano,
2004, 213-214.
21: Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 diciembre 1988),
42: AAS 81 (1989), 472.
22: Cf. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones
relativas al compromiso y la conducta
de los católicos en la vida pública
(24 noviembre 2002), 1: L’Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española
(24 enero 2003), 6.
23: Catecismo de la Iglesia Católica, 1939.
24: Decr. Apostolicam actuositatem, sobre
el apostolado de los laicos, 8. |
25: Ibíd., 14.
26: Cf. Congregación para los Obispos, Directorio
para el ministerio pastoral de
los obispos Apostolorum Successores
(22 febrero 2004), 195: Ciudad del Vaticano,
2004, 212.
27: Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 diciembre
1988), 41: AAS 81 (1989), 470-472.
28: Cf. n. 32: AAS 80 (1988), 556.
29: N. 43: AAS 87 (1995), 946.
30: Cf. Congregación para los Obispos, Directorio
para el ministerio pastoral de
los obispos Apostolorum Successores
(22 febrero 2004), 196: Ciudad del Vaticano,
2004, 213.
31: Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione
episcopi, 43.
32: Cf. can. 394; Código de los Cánones de
las Iglesias Orientales, can. 203.
33: Cf. nn. 193-198: pp. 209-215.
34: Cf. ibíd., 194: p. 210.
35: Sermo 52, 16: PL 38, 360.
36: Cf. Sulpicio Severo, Vita Sancti Martini,
3, 1-3: SCh 133, 256-258. |
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